La dificultad para poner límites
Poner límites y mantenerlos es algo que muchas personas viven con auténtica dificultad. No se trata de una cuestión relacionada con la falta de carácter o de falta de voluntad, sino que muchas veces el mero hecho de pensar en verbalizar o poner un límite se vive con miedo, como algo peligroso, o quizás también como algo que despierta en nosotros un sentimiento de culpa.
Desde nuestra mirada sistémica y sensible al trauma, cuando sale a relucir esta dificultad, entendemos que no se trata de una cuestión de falta de técnica o habilidades, sino que lo que sucede es que estamos ante una estrategia de supervivencia profundamente arraigada en la persona desde su infancia. Quizás lo vivamos incluso como algo completamente normalizado en nosotros, simplemente porque es parte de la forma en la que hemos aprendido a relacionarnos.
Algo que tenemos que entender es que un límite no es un “no” a la persona a la que le estamos poniendo el límite, ni tampoco es un castigo. Es la forma que tenemos de expresarle aquello que necesitamos para seguir estando bien en relación con él/ella. En realidad, es una forma de cuidar el vínculo y una expresión de un deseo manifiesto de continuar estando en relación. El límite marca un hasta donde puedo llegar sin hacerme daño a mí, sin traicionarme.
El miedo a perder al otro o a que no esté bien si pongo un límite
Pero si durante nuestra infancia hemos experimentado trauma vincular o de desarrollo como, por ejemplo, experiencias en las que al poner límites o expresar nuestras necesidades nuestros padres (o cuidadores principales) nos amenazan con la retirada del amor, reaccionan con explosiones o con ataques hacia nosotros; aprendemos que expresar un límite es sinónimo de decepcionar, de herir, de romper el vínculo, de ser egoísta o de castigo. Es entonces cuando podemos empezar a sentir el límite como algo realmente peligroso y amenazante para nosotros. Ante estas experiencias tempranas en la infancia, es normal que nos sobreadaptamos a través de respuestas automáticas de sumisión o complacencia. Aprendemos que nuestra seguridad física y/o emocional depende de que el otro esté bien (regulado), incluso a costa de nuestras propias necesidades.
Estos automatismos aprendidos en la infancia e instalados en nuestra memoria somática llevan a nuestro cuerpo a reaccionar, en la edad adulta, no desde el presente; sino desde esas memorias relacionales antiguas que nos dificultan poner el límite. Sentimos que, si ponemos un límite o decimos no, el otro se va a enfadar, sentirse mal, se va a desbordar o nos va a rechazar.
En otras ocasiones, nuestra estrategia de supervivencia en la infancia fue la de desconectarnos de nuestras necesidades, la de no tener límites y ahí el problema está en que nuestro cuerpo, de nuevo, sigue reaccionando desde el pasado. Aunque somos adultos y las cosas son muy distintas a las que vivimos en la infancia, esa estrategia sigue vigente, aunque ya no sea necesario.
La culpa y el límite
Por otra parte, desde la perspectiva sistémica, los límites no existen de forma aislada, sino que muchas veces son parte de las reglas invisibles del sistema familiar o del rol que desempeñamos en él. Por ejemplo, si en una familia desempeño el rol de “cuidadora” o hay una norma (visible o invisible) que dicta que "hay que sacrificarse por los demás", poner un límite puede sentirse como una traición al sistema familiar, una decepción o un “fallo”. Es ahí donde surge la culpa, la ansiedad, la tensión o la necesidad de justificar, o suavizar el límite hasta que, incluso, deje de ser un límite. Algo muy dentro de nosotros siente que no tenemos “permiso” para poner ese límite.
Es frecuente además que el sistema familiar reaccione y nos intente devolver a "nuestro rol" o se revuelva ante la vulneración de la norma expresada en forma de límite dando lugar a tensiones, fricciones y conflictos que nos producen dolor y reavivan antiguas heridas.
En estos casos hay que tener muy en cuenta que la culpa surge no necesariamente porque estemos haciendo algo mal, sino porque estamos haciendo algo distinto a lo que habitualmente se hace o se espera que se haga, y a veces para sentirse libre y ser uno mismo hay que ser un poco desleal al sistema familiar y lidiar con esa culpa. O lo que es lo mismo, no dejar que sea la culpa quien decida, sino nosotros mismos.
El límite y la reacción del otro
Otra de las grandes trampas en las que solemos caer, es la de creer que al poner el límite el otro siempre va a reaccionar bien, y no siempre es así. No está bajo nuestro control. La reacción del otro ante nuestro límite habla de su mundo interno, no de nuestro límite, no lo deslegitima. La reacción es su responsabilidad, no la nuestra. Como hemos comentado anteriormente, el límite solo expresa aquello que necesitamos para continuar estando bien en la relación.
Intentar controlar la reacción del otro (o sentirnos responsables de ella) forma parte, también, de estrategias adaptativas de la infancia. Suele llevarnos a justificarnos en exceso, explicarnos continuamente, suavizar el límite hasta diluirlo, echarme atrás si el otro enfada o incluso a sentir una culpa desproporcionada sintiendo que nuestro límite ha hecho daño al otro.
Cuando llegamos a este punto, el foco ya no está tanto en mi necesidad (mi límite), sino en la regulación emocional del otro mientras por dentro es posible que nos muevan sensaciones internas y dolorosas: no me comprende, nunca me va a cuidar, no soy buena persona, etc.
Algo que conviene también que tengamos en cuenta es el hecho de que poner un límite no es pedirle al otro que cambie. Poner un límite tiene que ver con nosotros mismos, es una afirmación de nuestra propia realidad interna, una petición de cambio es una expectativa que dirigimos al otro. Es algo que opera desde un lugar distinto.
Cuando pongo un límite asumo la responsabilidad de mi necesidad y me hago cargo de las consecuencias de sostenerla. Cuando le pido al otro que cambie coloco la solución en el otro y mi bienestar queda condicionado a su respuesta. Pero ojo, pedir cambios no es ilegítimo, el quid de la cuestión está en el hecho de que el límite se pone no para que el otro cambie, sino para no cambiarnos nosotros y convertirnos en alguien que no queremos ser o hacer algo que no queremos hacer.
La imagen que ilustra este post es de Kerryanna Kershner en Pixabay
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