La diferencia entre comprensión e integración en terapia
Algo que con cierta frecuencia aparece en una sesión de terapia es la creencia de que, por el hecho de haber comprendido lo que nos sucede, ya sea su origen o el porqué de ello, ya hemos “sanado” esa herida, ese patrón o ese mecanismo sobre el que estamos trabajando.
Cuando hablamos de trauma y de nuestras heridas emocionales, la comprensión sin integración no implica “sanación”. La comprensión y la integración son dos procesos distintos, aunque complementarios. Mientras la comprensión nos permite entender lo ocurrido, la integración tiene que ver con la huella que esa experiencia dejó en nuestro sistema nervioso y con la forma en que sigue manifestándose en el presente.
La comprensión
La comprensión implica un proceso racional, cognitivo y verbal donde somos capaces de entender la experiencia e incluso de ponerle palabras. Se trata de ver la lógica y el sentido de lo que sucedió o lo que me sucede, y no siempre tiene por qué llegar a través de un proceso de terapia. A veces esa comprensión llega a través de conversaciones con otras personas, de lecturas, formaciones, cursos, reflexiones, etc.
La comprensión tiene una cierta limitación biológica. Aunque seamos capaces de realizar procesos de introspección realmente profundos, habitualmente esto no es suficiente para detener nuestras respuestas físicas automáticas, como puede ser un estado de alerta, el pánico, el bloqueo, la parálisis que se han quedado “enganchadas” en el cuerpo, o sensaciones como las de sentirnos “impotentes” o sentirnos “pequeños” o bloqueados ante determinadas situaciones. Nuestro cerebro racional tiene una capacidad limitada para anular las sensaciones y los automatismos de nuestro cerebro emocional (cerebro reptiliano).
En ocasiones, además, estos procesos puramente mentales pueden actuar como una cierta “disociación selectiva”. La comprensión puede funcionar de forma superficial si hablamos de ello sin una conexión emocional o físico.
La integración
La integración, por el contrario, implica un proceso de coherencia profunda entre lo que siento, lo que pienso y lo que digo o hago. Implica una unión entre cerebro y cuerpo donde no solo procesamos la experiencia a nivel cognitivo, sino que también lo hacemos a nivel emocional y sensoriomotriz.
Seguramente en más de una ocasión has vivido situaciones en las que sabes la teoría del “por qué” reaccionas así y conoces a nivel racional, sin embargo, tu cuerpo sigue reaccionando en automático. Por ejemplo, puedes saber y comprender a un nivel racional que te cuesta decir “no” porque de pequeño aprendiste que poner límites tenía consecuencias. Sin embargo, cada vez que intentas decir “no”, tu cuerpo se tensa, aparece la culpa o el miedo y acabas cediendo.
Así como la comprensión trabaja sobre nuestra memoria explícita (datos, hechos, porqués), la integración busca trabajar con la memoria procedimental, que tiene que ver con cómo reacciona nuestro cuerpo. Este trabajo va a permitir que nuestro sistema nervioso se reajuste.
La integración ocurre cuando no solo entendemos el pasado (lo que ocurrió, el origen de por qué reaccionamos así), sino cuando nuestro cuerpo deja de vivir lo que ocurrió como una amenaza presente y deja de reaccionar en automático. Para que esto suceda, para que comprensión se convierta en integración, debemos trabajar dentro de nuestra ventana de tolerancia para que la experiencia o herida de origen deje de estar escindida, disociada o reprimida y se incorpore a nuestro yo con aceptación y regulación. Poniendo un ejemplo, se trata de no solo saber que en la infancia temías a las figuras de autoridad, sino de poder estar presente, en el ahora, ante una figura de autoridad sin sentirte como si fueras un niño o una niña y sin que se active un estado de lucha, huida o congelación.
Comprender lo que nos ocurre es un paso importante y necesario, pero no es el final del camino. La sanación se produce cuando aquello que fue vivido como amenaza puede ser sostenido en el presente sin que el cuerpo tenga que protegerse. Integrar es permitir que la experiencia encuentre un lugar dentro de nosotros desde la seguridad, y es ahí donde el sistema nervioso, poco a poco, registra que hay otra respuesta posible disponible en el presente.
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