No "heredamos" el trauma de nuestros ancestros, crecemos dentro de él
Hay una idea que circula con frecuencia en el mundo del crecimiento y el desarrollo personal: que llevamos el trauma de nuestros abuelos en el ADN, en la sangre, casi como una condena hereditaria, una carga energética que nos fue transmitida y que es algo que arrastramos sin poder hacer casi nada al respecto.
Esta idea tuvo su origen en las Constelaciones, cuando alguien sufre sin una explicación aparente en su propia historia, se interpreta que se ha identificado inconscientemente con un ancestro excluido, olvidado o que vivió un destino muy difícil. La idea es que el sistema familiar busca compensar lo que fue negado o silenciado, y lo hace "a través" de un descendiente.
Las Constelaciones son una herramienta maravillosa que ha ayudado a muchas personas, sin embargo cuando Bert Hellinger, el creador de las constelaciones y otros pioneros dieron forma a esto, no había un conocimiento tan avanzado acerca de los mecanismos de transmisión del trauma transgeneracional como lo hay ahora. Y el lenguaje de las constelaciones giraba en torno a lo fenomenológico porque una "carga" transgeneracional, era vivida en el cuerpo por la persona realmente como una carga. Hoy en día, la realidad es algo mucho más matizado y en cierto modo, más esperanzador. El trauma no viaja a través del tiempo como si fuera un "paquete" que se pasa de padres a hijos. Lo que ocurre es algo más concreto y transformable: crecemos y nos desarrollamos dentro del entorno que ese trauma configuró.
Cuando una familia o una persona vive algo muy difícil de transitar, como puede ser una guerra, una pérdida devastadora, un abuso o una migración forzada, y esa experiencia no llega a integrarse emocionalmente, sus efectos no desaparecen sino que instalan en el cuerpo y el sistema nervioso de quien lo vivió, y desde ahí moldean la forma en que esa persona se relaciona, cuida, habla, calla, siente y vive.
Sus hijos no heredan el evento en sí, pero sí crecen en el clima emocional que ese trauma no elaborado dejó a su paso: una madre que se desconecta sin saber por qué, un padre que reacciona de forma desproporcionada al conflicto, un hogar donde ciertos temas generan una tensión de la que nadie habla, pero todos sienten, etc. Lo que se transmite no es el acontecimiento traumático en sí, sino los modos de regulación emocional, los estados afectivos no elaborados y las narrativas familiares que, fruto de ese trauma, configuran el entorno en el que crecen los hijos y las generaciones siguientes.
¿Cómo nos impacta esto?
Cuando nacemos, no tenemos la capacidad de regularnos solos. Nuestro sistema nervioso es áun inmaduro y necesita de un adulto para calmarse, para organizarse, para aprender que el mundo es un lugar suficientemente seguro. A este proceso lo llamamos co-regulación afectiva: el ritmo cardíaco del bebé se estabiliza cuando lo sostiene un adulto tranquilo. Su nivel de estrés baja cuando recibe una mirada cálida, un tono de voz sereno, una presencia consistente. Estas interacciones repetidas de manera consistente moldean, literalmente, las conexiones neuronales que más adelante van a ser la base de nuestra capacidad de sentir, relacionarnos y responder al mundo.
Sin embargo, cuando el cuidador principal porta un trauma no integrado, algo que puede manifestarse como desconexión, hipervigilancia, irritabilidad o dificultad para leer las señales del bebé, ese proceso de co-regulación se dificulta. En este caso, podemos ver que el bebé no hereda el trauma en sí, sino que aprende a regularse alrededor de él. Adapta su fisiología para mantener el vínculo con su cuidador, aunque eso suponga organizarse en estados de activación crónica o de inhibición.
Por otro lado, la psicóloga Mary Main realizó un descubrimiento que también arrojó luz sobre cómo nos afectaba el trauma no integrado de nuestros padres. El estilo de apego de un niño puede predecirse, con una concordancia de aproximadamente el 70-75%, a partir del estado mental de su progenitor. Y ese estado mental no tenía que ver tanto con lo que le ocurrió objetivamente a ese padre o madre, sino de cómo lo narra, cómo lo integra y cómo lo vive. Un padre o una madre que puede hablar de sus experiencias dolorosas de forma coherente y sentida, aunque sea o fueran difíciles, tiene muchas más probabilidades de ofrecer a su hijo un apego seguro. Sin embargo, un progenitor que se congela al hablar de su pasado, que lo silencia, que cambia de tema o que se desorganiza al recordarlo tiene más probabilidad de transmitir un apego desorganizado a su bebé. No porque quiera hacerle daño. Sino simplemente porque su sistema nervioso sigue respondiendo al pasado como si fuera el presente, y eso tiñe cada intercambio cotidiano con su hijo.
El papel del silencio y la narrativa familiar
El silencio juega un papel fundamental en el proceso de transmisión del trauma transgeneracional. Cuando en una familia ocurre algo que no puede ser nombrado, ya sea por vergüenza, por horror o por protección, ese silencio no elimina la emoción asociada, sino que la mete debajo de la alfombra, la vuelve difusa, constante y difícil de localizar.
De niños somos extraordinariamente sensibles al clima emocional. Detectamos tensiones, percibimos los silencios cargados, captamos la incongruencia entre lo que se dice y lo que se siente. Cuando no recibimos una explicación que nos ayude a organizar lo que percibimos, nuestra mente puede construir hipótesis inconscientes: "algo peligroso puede pasar en cualquier momento", "mis necesidades son un problema", "si me muestro, van a dejar de quererme", etc. El trauma no llega como una información explícita. Llega como atmósfera, como clima emocional que respiramos en nuestra infancia durante años y desde el que construimos nuestra identidad, nuestras relaciones y nuestra forma de estar en el mundo.
La transmisión biológica
Existen, también, evidencias científicas de que el trauma puede dejar marcas biológicas que se transmiten a la siguiente generación. Los estudios con hijos de supervivientes del Holocausto mostraron alteraciones en el eje hipotálamo-hipófisis-adrenal, el sistema central de regulación del estrés, y cambios en los niveles de cortisol. Se ha investigado también la posibilidad de que el estrés traumático severo genere cambios epigenéticos en el esperma, y posiblemente en los óvulos, que puedan transmitirse al feto como ya compartimos en su día. Aunque la evidencia concluyente en humanos sigue siendo, en cierta medida, limitada, ya que gran parte de lo que sabemos proviene de modelos animales. Lo que sí está sólidamente respaldado es la transmisión relacional: padres traumatizados transmiten patrones de regulación a través del vínculo, del apego, del clima emocional y la narrativa familiar.
Entender el trauma transgeneracional desde esta perspectiva que compartimos hoy: sin misterios, sin condenas energéticas, sin lealtades invisibles que se transmiten mágicamente lo hace mucho más abordable. Porque si el trauma se transmite a través del vínculo, también se integra a través del vínculo. Si aprendimos a regularnos en torno al caos emocional de un cuidador, podemos aprender a regularnos en torno a la presencia segura de un terapeuta, de un grupo, de un proceso de trabajo honesto con nuestra historia.
Las constelaciones, desde una mirada fenomenológica y anclada en la neurobiología del trauma ofrecen precisamente eso: un espacio para que aquello que nunca tuvo nombre pueda ser visto, para que las cargas emocionales que circulan sin relato puedan ser reconocidas, y para que la persona pueda empezar a distinguir qué es su historia y qué es la historia que le dieron. No se trata de culpar a los padres ni de exonerar el propio dolor. Se trata de ver con claridad dónde empezó todo, para poder elegir qué hacer con ello a partir de ahora.
Si algo de lo que has leído resuena en ti, si sientes que cargas con algo que no termina de tener nombre, o que ciertas formas de relacionarte se repiten sin que puedas entender por qué, te invitamos a explorar nuestros talleres de constelaciones , nuestras sesiones de terapia o nuestra formación. No para desenterrar el pasado por el mero hecho de hacerlo, sino para tener la libertad de vivir desde un lugar mucho más tuyo y más conectado con tu autenticidad.
Suscríbete a nuestra newsletter
Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional
No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.