Hacer de madre (o padre) de nuestra pareja
Una de las dinámicas que suelen aparecer con una cierta frecuencia en la relación de pareja son las dinámicas parentalizadas en las que uno de los miembros “hace de” madre o padre de su pareja. Esto es algo que se ve especialmente en el caso de las parejas heterosexuales, donde muchas mujeres cuentan sentirse como “madres” de su pareja por la carga mental y el reparto desigual de responsabilidades que en su caso experimentan.
Hacer de madre (o padre) de nuestra pareja significa situarnos en un rol de cuidadoras, supervisoras y responsables de la vida del otro, en lugar de estar en una relación adulta y equilibrada entre iguales; algo que es profundamente desgastante e incluso puede convertirse en dañino cuando es sostenido a medio y largo plazo. Nos colocamos jerárquicamente por encima y asumimos responsabilidades sobre la vida del otro volviéndose una dinámica co-dependiente.
Desde la mirada sistémica, estamos hablando de un desorden sistémico en el que, al ocupar el lugar de “la madre”, asumimos la organización, el control y la responsabilidad de casi todo, como si la otra persona fuera un hijo que no es capaz de afrontar ciertas cosas y necesita una guía constante. La pareja que es tratada como hijo se acaba acostumbrando a delegar decisiones, tareas y hasta su propia gestión emocional, generando una relación desequilibrada y poco madura.
Si estás “haciendo” de madre o padre de tu pareja, es frecuente que te encuentres recordándole constantemente citas, compromisos o tareas básicas; que cargues con la mayor parte de la logística y de las decisiones que se toman en casa; que te involucres de manera intensa en resolver los problemas emocionales, laborales o familiares de tu pareja, casi como si fuera tu propia responsabilidad resolverlos; e incluso que sientas que, si tú no estás “encima” de eso, las cosas no suceden o todo se cae.
Consecuencias para la relación
Aunque al principio parezca que funciona, o que no hay otra forma de funcionar, este tipo de dinámicas parentizadas acaba pasando factura a la relación de pareja.
Por un lado, la relación deja de ser una relación de igual a igual, y eso acaba erosionando la atracción y la intimidad. Es difícil sentir deseo por alguien a quién sientes que tratas casi como si fuera un hijo. Para el que es tratado como un niño, también es difícil sentir deseo o sentirse atraído por alguien que con frecuencia te “regaña”, supervisa o “sabe” mejor que tú lo que hay que hacer. En estos casos la vida sexual se suele volver como algo aburrido, una obligación, o tiende incluso a desaparecer.
Para la persona que cuida, hacer de “madre” o “padre” de su pareja, asumir la carga mental de la relación y del día a día le genera estrés, agotamiento y una sensación muy presente de soledad dentro de la relación de pareja. Es un “estoy acompañada” pero llevo sola todo el peso.
La persona que está en el rol de “hijo”, sin embargo, no termina de hacerse cargo de su propia vida ni de la relación. El hecho de no asumir responsabilidades y tener siempre a alguien que resuelva o alimente sus conductas poco maduras y su dependencia termina bloqueando su propio crecimiento como adulto. En otras palabras, si cargamos con la mochila del otro, estamos impidiendo que el otro cargue con su propia mochila.
Con el paso del tiempo, si somos quién cuidamos y sostenemos constantemente, empezamos a sentir un cierto resentimiento. Por otro lado, quién es cuidado siente el control, la crítica y la falta de respeto del otro, lo que acaba derivando en discusiones recurrentes sobre tareas, compromiso, falta de madurez; a veces incluso chantajes emocionales y dinámicas tóxicas, por lo que, si esto no se acaba corrigiendo o trabajando, el vínculo acaba volviéndose cada vez más insatisfactorio dando lugar a la ruptura o a una relación infeliz.
Estas dinámicas madre/padre - hijo/hija en la pareja son incompatibles con una pareja adulta cuyas dinámicas se basan en la reciprocidad, el deseo y el respeto mutuo.
El origen de este rol
Nuestra propia historia suele ser el molde que hace que a algunas personas esto les nazca casi sin darnos cuenta.
Cuando en nuestra infancia tuvimos que ejercer un rol de adultos desde muy pronto, como el rol de la cuidadora, la mediadora, la responsable, etc., es más fácil que repitamos ese rol en nuestras relaciones de pareja. Probablemente tenderemos a elegir parejas que necesitan ser cuidadas o contenidas. Paralelamente, en la infancia, desarrollamos una capacidad o una “sensibilidad” especial hacia el malestar ajeno, y nos sentimos casi en la obligación de hacernos cargo de ello (y si no lo hacemos aparece la culpa).
Puede que, también, hayamos crecido con padres poco disponibles o impredecibles que se mostraban cariñosos (o calmados) solo cuando nos portábamos bien o cuidábamos. Cuando eso ocurre, internamente aprendemos que si cuidamos nos quieren, y si no cuidamos, nos abandonan por lo que en la pareja acabamos cuidando para asegurar el vínculo. Priorizamos al otro por encima de nosotros mismos, aunque ello conlleve abandonarse.
Además de haber crecido en una determinada familia, también lo hemos hecho en una sociedad que asigna diferentes roles en función del género. Estos roles se ven reforzados y modelados conforme a lo que vimos en casa y, si vimos a nuestra madre sostener a otros, sacrificarse por todos y funcionar como el auténtico pilar del hogar, acabamos interiorizándolo como “lo normal”: la mujer es la que cuida, sostiene, organiza y está disponible siempre. Luego, en la pareja, acabamos repitiendo ese guion sin cuestionarlo porque, simplemente es lo que hemos aprendido y lo que estaba “normalizado”.
A parte de eso, este tipo de dinámicas también genera una cierta dependencia. Si de pequeña nos sentimos vistas o valiosas sobre todo cuando ayudábamos o cuidábamos y hemos interiorizado que nuestra valía está asociada a ello, vamos a necesitar a alguien a quién cuidar. Esto nos lleva a elegir parejas inmaduras, muy demandantes, caóticas; o a sentirnos perdidas si no hay alguien a quién salvar o sostener.
Cómo cambiar estas dinámicas
Darse cuenta de que estamos en una dinámica de parentización es un punto de partida para una conversación en la pareja. No se trata de decir lo “mal” que él o ella lo hace, sino de hablar en primera persona de lo que nos pasa y necesitamos, y poner encima de la mesa dinámica que hay entre los dos miembros de la pareja.
Mirar nuestra historia nos sirve para entender por qué se nos hace tan familiar este papel. Trabajar con ella, ya sea en constelaciones, en terapia o en un proceso de crecimiento personal, nos puede ayudar a salir de ese rol y empezar a vivir relaciones de pareja más equilibradas y saludables.
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