Desmontando el mito de "si quieres, puedes"
Existe una idea que está muy instalada, especialmente en ciertos ámbitos. Estoy hablando de la frase de “si quieres puedes”, una frase muy motivadora y propia de Mr. Wonderful que, con frecuencia, simplifica en exceso la realidad de muchas personas para las que esta frase puede convertirse en una forma sutil de culpa cuando las cosas no salen o cuando no somos capaces de accionar.
Y es que “querer” no es una fuerza abstracta que aparece en nosotros como por arte de magia, aquí entra en juego el deseo y la motivación; y en cuanto al “poder” (nuestra capacidad de actuar) nuestro sistema nervioso, nuestra historia, nuestro contexto y nuestros recursos disponibles juegan un papel fundamental.
En realidad, no tomamos decisiones solo desde nuestra fuerza de voluntad. Nuestro cuerpo y especialmente nuestro sistema nervioso tienen un papel protagonista: cuando estamos en un estado de calma relativo y con una cierta sensación de seguridad, es mucho más fácil planificar, tomar decisiones y sostener nuestros esfuerzos en el tiempo. Sin embargo, cuando estamos en modo supervivencia con estrés crónico, ansiedad, miedo, agotamiento, etc., nuestro sistema nervioso cambia su prioridad. Ya no es una cuestión de crecer, avanzar, conseguir, lograr, sino de protegerse, sobrevivir y llegar al día siguiente.
En modo supervivencia el cerebro prioriza detectar amenazas y ahorrar recursos antes que explorar, aprender o cambiar hábitos. Esto genera sobrecarga mental, fatiga emocional, niebla mental, dificultad para concentrarse, tomar decisiones y mantener un plan sostenido en el tiempo por lo que ya no estamos hablando de una cuestión de voluntad, sino de cuestiones neurobiológicas.
La narrativa del “si quieres, puedes” asume que todas las personas partimos del mismo punto y que contamos con los mismos recursos, pero ignora lo más importante, que no se ve: la energía mental y física, el tiempo disponible, la estabilidad emocional, el entorno seguro y predecible, la red de apoyo, nuestra historia; y sobre todo el estado de nuestro sistema nervioso. Cuando todo esto va muy justo, pedirle a alguien que “le ponga ganas” es como pedirle a un móvil con un 2% de batería que te haga una videollamada de hora y media.
Una máquina de generar culpa
Cuando la realidad es un “no podemos más” pero seguimos creyendo a pies juntillas que “deberíamos poder”, aparece la culpa. El mensaje implícito en todo ello es “si no lo consigues es porque no quieres lo suficiente”, y es entonces cuando empezamos a vivir el no alcanzarlo como un fallo personal que alimenta una voz interna que funciona a modo de autoexigencia y nos repite frases demoledoras como: “tendrías que haber podido”, “no estás a la altura”, “no estás haciendo lo suficiente”, "eres incapaz", "hay algo mal en ti" etc.
Esta voz no tiene en cuenta el contexto (estrés, cansancio, supervivencia, ...) solo mide y pide resultados que nos lleva a exigirnos aún más. Cuanto más nos exigimos, más nos desgastamos. Y nos vemos empujados a un bucle en el que nos sentimos culpables por no rendir, la culpa nos presiona y bloquea aún más, reduce la energía de la que disponemos y nos impide avanzar y hacer cambios reales. Cuanto peor nos sentimos, más nos exigimos y más nos desgastamos.
Si nuestro sistema nervioso ya estaba en modo supervivencia cuando empezamos, la culpa añade un peso extra a una mochila que ya iba al límite, lo que se traduce en más estrés, más autocrítica y más aislamiento porque cuando nos sentimos culpables y “defectuosos”, tendemos a escondernos, a retraernos (nos cuesta reconocer que algo nos supera).
Trauma y “si quieres puedes”
El trauma no es solo un hecho doloroso o impactante, es una experiencia que desbordó tanto al sistema que tanto el cuerpo como el cerebro se quedaron organizados alrededor de la alerta y el peligro. En estos casos, el sistema nervioso puede quedarse atrapado en un modo de supervivencia de forma y manera que nuestro cerebro se ocupa principalmente de protegernos, más de que rendir. Cuando vivimos con trauma no integrado, se modifica la forma en que trabajan ciertas partes de nuestro cerebro: la amígdala (el órgano que detecta el peligro) se vuelve más reactiva y la corteza prefrontal que nos ayuda a planificar, decidir y regular emociones, se ve sobrecargada y a veces debilitada tal y como contábamos que sucedía cuando hablábamos de un estrés sostenido en el tiempo.
Es frecuente que las personas que viven con trauma no elaborado se sientan desmotivadas, o sientan que no salen adelante o lo dejan todo a medias. No es una cuestión de falta de interés, sino de capacidad del sistema nervioso e, incluso en ocasiones, de un mecanismo de defensa en el que inconscientemente el sistema nervioso piensa que si no se mueve, no se expone o no desea, duele todo mucho menos que si algo sale mal.
Por todo esto, desde nuestra mirada, antes incluso de plantearnos un “si quieres, puedes”, deberíamos hacernos una pregunta previa aún más importante: ¿qué necesita nuestro sistema nervioso para poder querer y sostenerlo en el tiempo?
No se trata de empujarnos a “querer” y “poder”, sino de crear las condiciones para que ese “querer” se pueda convertir en acción. Es entender que la voluntad no es algo que se acciona como por arte de magia, sino que necesita un sistema nervioso mínimamente regulado para poder desplegarse, más cuidado, más apoyos, más trabajo terapéutico y una mirada más compasiva hacia nosotros mismos que coloque nuestra responsabilidad en un lugar mucho más realista y humano.
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