¿"Perdonar"? a los padres
En muchos enfoques o discursos de desarrollo personal se repite la idea de que, si no perdonas a tus padres, no puedes sanar. Para mucha gente, esto se vive como una exigencia moral más que como una posibilidad interna. Cuando hay historias de dolor profundo, abuso, negligencia o ausencia emocional, escuchar “tienes que perdonar” puede sentirse casi como una agresión a nosotros mismos, una traición a la propia experiencia. Cuando "perdonar" se convierte en mandato, deja de ser un acto libre y se transforma en presión.
La mirada sistémica
Desde lo sistémico, el “perdonar” a los padres tiene una trampa implícita. Como hijos, nos estaríamos colocando en una posición de juez, como si estuviéramos por encima de ellos y tuviéramos la potestad de absolverles o condenarles. Jerárquicamente, los padres son los grandes y los hijos los pequeños: ellos vinieron antes y nos dieron la vida, nosotros llegamos después.
Los padres también portan sus propias mochilas
Algo que perdemos de vista cuando hablamos de “perdonar” es que los padres no empiezan de cero. También vienen cargando sus propias historias, sus traumas, sus límites internos. Entender esto no significa justificar lo que hicieron ni minimizar el impacto que tuvo en nosotros, sino que implica ampliar la foto: comprender que nuestra biografía está tejida dentro de una biografía más grande, la del sistema familiar. Desde esta óptica, salimos de una narrativa que solo nos ofrece dos lugares: víctima o juez. Así, dejamos de hacer lecturas tan binarias (“buenos/malos”) y podemos reconocer que nuestros padres hicieron cosas que nos dañaron y, al mismo tiempo, ver que ellos también fueron, en algún momento, hijos heridos.
Ni perdonar ni justificar, sino hacernos cargo
Este es el punto central: el trabajo profundo no está en "perdonar" a nuestros padres, sino en hacernos cargo de cómo su forma de vincularse y de criar nos impactó en la infancia y qué de eso nos sigue impactando a día de hoy. Eso implica asumir con honestidad: “esto que viví dejó en mí miedo, rabia, culpa, vergüenza, patrones de relación que hoy me duelen”. Hacernos cargo significa llevar eso al proceso terapéutico, al cuerpo, a la conciencia, para no seguir repitiéndolo de forma automática.
Cuando ponemos el foco en “tengo que perdonarles”, corremos el riesgo de saltarnos esta parte. Intentamos comprenderles, justificarles o ser compasivos demasiado pronto, sin haber habitado del todo nuestra rabia, nuestro dolor o nuestra sensación de injusticia. Desde fuera puede parecer muy espiritual; pero también puede ser una forma de seguir invalidándonos y desautorizándonos.
Integrar nuestras heridas
Cuando empezamos a tomar responsabilidad sobre nuestras heridas, suele producirse un movimiento interno distinto. Dejamos de esperar que nuestros padres cambien, nos pidan perdón o se conviertan en las figuras que nunca fueron. Empezamos a darnos hoy lo que no pudimos recibir entonces: límites, cuidado, validación, protección, seguridad. Con mucha frecuencia, desde ahí, aparece una comprensión más amplia y una mayor compasión hacia sus historias; así como cierta paz o serenidad, porque dejamos de estar en guerra permanente con lo que sucedió.
Comprender y mirar con compasión es poder decir: “veo que hiciste lo que supiste y pudiste, y aun así lo que viví fue doloroso y dejó marcas en mí”. Esta doble verdad es incómoda, pero muy fértil: no idealiza, no demoniza, y no borra lo que pasó. Simplemente deja de organizar nuestra vida únicamente alrededor de ese dolor.
Quizá el objetivo no sea “perdonar a los padres”, sino poder estar en paz con lo que fue. Estar en paz no es estar de acuerdo, ni sentir cariño si no lo hay, ni reconciliarse a toda costa. Es dejar de vivir en combate constante con la realidad de nuestra historia. Cuando nos hacemos cargo de nuestras heridas, podemos elegir qué tipo de relación queremos, qué distancia necesitamos, qué límites son sanos para nosotros. Y desde ahí, si aparece algo parecido al perdón, será un efecto secundario del proceso, no una meta impuesta.
Suscríbete a nuestra newsletter
Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional
No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.