El precio de ser siempre la que sostiene y está disponible

terapia sensible al trauma trauma
El precio de ser siempre la que sostiene y está disponible

Desde fuera, ser la que siempre está disponible o sosteniendo puede parecer una virtud cargada de amor, empatía, responsabilidad o incluso responsabilidad en el caso de determinadas profesiones. Pero desde dentro, muchas veces, es una cuestión de supervivencia: una estrategia relacional aprendida en la infancia que trabaja para asegurar nuestra pertenencia, evitar el conflicto o regular la ansiedad.

Estar siempre disponible no es solo una conducta, puede ser una sensación de que “si yo no estoy, algo se cae”, “no puedo fallar”, “no puedo necesitar” o “tengo que ser fiable o sostener para ser querida o para sentirme segura”. En muchos sistemas familiares esto puede presentarse como una parentificación (ser adultos antes de tiempo), el rol de la cuidadora, la mediadora o “la fuerte”.

Cuando hablamos del ámbito profesional, este “estar siempre disponible”, se traduce en una hiperresponsabilidad que habitualmente, presenta dificultades para poner límites y decir no incluso a tareas que no nos corresponde. Cuando eso sucede, es frecuente que además construyamos una identidad alrededor de ese “yo sostengo”. Esta es una de las trampas de las profesiones de ayuda, aunque a menudo se disfrace de vocación o entrega.

Cuando nace desde el amor y desde el “quiero estar”, estar disponible para alguien es maravilloso, pero cuando nace desde un “no podemos NO estar”, algo cambia: nuestro cuerpo se tensa si ponemos un límite, aparece la culpa, nos mueve que alguien esté mal si no intervenimos, o sentimos responsabilidad por estados emocionales que no son nuestros. Ahí es cuando la disponibilidad deja de ser un gesto consciente de amor y pasa a convertirse en una estrategia relacional para estar bien (para beneficio propio).

Toda estrategia relacional nos habla de una historia antigua, casi siempre de nuestra infancia. Una historia en la que quizás tuvimos que mediar entre nuestros padres, o convertirnos en la hija “madura”, o en la que tuvimos que organizar el caos familiar o aprender a sostener nuestro miedo para poder sostener el de otros. Desarrollamos un patrón adaptativo que, a base de repetirlo y normalizarlo, se acaba convirtiendo en nuestra propia identidad.

Con el tiempo, ese sostener constantemente, puede empezar a vivirse como algo disfuncional e incómodo. Pero ahí surge la tensión: cuando intentamos salir de un patrón que aporta tanto contenido a nuestra identidad, se vive como algo peligroso. El sistema, el grupo, la familia se ha acostumbrado a que seas tú la que siempre sostiene, es algo que se ha normalizado y se da por hecho. Cuando dejas de sostener surgen los comentarios, las tensiones: “has cambiado”, “qué egoísta”, “ya no eres la misma”.

Ser la que siempre está nos da algo muy potente: sensación de control. Si estoy puedo anticipar, prevenir el conflicto, reducir la incertidumbre y el vínculo no se rompe. Esto regula constantemente nuestra ansiedad, nos da sensación de utilidad, de eficacia, de valor, de ser importante para el otro, y de nuevo el problema aquí no está en ayudar, sino en necesitar ayudar para sentirnos seguros en la relación (aceptados, queridos, amados).

El precio a pagar

A nivel físico

Al principio no sueles darte cuenta del precio que tiene esto, pero con el tiempo aparece el cansancio, la irritación, una sensación constante de alerta y una cierta dificultad para desconectar. Estar siempre disponible activa nuestro sistema nervioso, estamos en modo supervivencia constante (simpático a tope y cortisol por las nubes. El resultado es muy físico: puede afectar a nuestra tiroides, nuestra digestión, puede que tengamos migrañas, dolor muscular. Somatizamos y tendemos a pensar que es “estrés” por el trabajo, pero en realidad nuestro cuerpo nos está gritando que hemos estado sosteniendo tanto a otros que nos olvidado de nosotros mismos. Esto es algo que solemos ver con cierta frecuencia en terapia.

En las relaciones

Además de ese cansancio físico (y mental), puede que también empiece a aparecer un cierto resentimiento silencioso, una sensación de que damos y damos y no recibimos en la misma medida, de que no podemos contar con nadie que nos sostenga igual, de que, si no somos nosotras/os los que sostenemos, nadie sostiene.

Pero no solo pasa factura a quién sostiene, sino también a quienes son sostenidos. Corremos el riesgo de “infantilizar” al otro, de tomar mochilas que no nos corresponden y, con ello obstaculizar el crecimiento y desarrollo de los dueños de las mochilas, les impedimos descubrir que se pueden sostener en sus propios pies, que pueden desplegar sus alas, que tienen recursos propios. Sistémicamente nos colocamos por encima de ellos y nos convertimos en el pilar que sostiene estructuras disfuncionales. Cuando caemos víctima del cansancio y el agotamiento, todo el sistema tiembla.

Paradójicamente, en las relaciones, estar siempre disponible no necesariamente implica estar emocionalmente disponible para el otro. Puedo estar constantemente pendiente de lo que necesita el otro, escuchando problemas, resolviendo urgencias, pero lo hago desde la activación, desde el deber. Hay una presencia física y cognitiva, pero no un contacto emocional profundo. Respondemos eficientemente pero poco conectados.

La disponibilidad emocional implica regulación emocional, estar en contacto con lo que sentimos, no actuar desde la urgencia, no necesitar resolver nada para calmarnos. Implica. La disponibilidad emocional requiere espacio interno y si estamos siempre disponibles externamente solemos tener poco espacio interno.

En la relación con nosotros mismos

Cuando estamos siempre disponibles es frecuente que constantemente tengamos nuestra atención y energía psíquica hacia afuera. Nos queda poco espacio para auto-observarnos, para ser consciente de nuestras necesidades y atenderlas, para auto-regularnos.

A veces ese sostener constantemente es también una forma de no sentir. Si estoy siempre ocupada resolviéndole la vida a otros, no estoy en contacto con mi tristeza, con mi necesidad, con mi insatisfacción, con mis dudas, con mi dolor, con mis cuestionamientos y preguntas. Nos metemos en un continuo “hacer” que nos protege del “sentir” profundo y aquí el precio es una desconexión de nosotros mismos. Nos estamos ignorando, excluyendo partes nuestras que necesitan ser vistas, reconocidas, aceptadas, atendidas, queridas.

Paradójicamente, muchas personas que sostienen constantemente suelen ser personas muy sensibles, pero su sensibilidad está orientada hacia afuera. El trabajo terapéutico consiste en reorientar parte de esa sensibilidad y esa atención hacia nosotros mismos. Esto no implica perder la capacidad de estar para otros, esto implica comenzar a tolerar la culpa, la ansiedad, la sensación de egoísmo o el miedo a perder el vínculo, para poder empezar a atendernos a nosotros mismos. Solo si podemos estar disponibles para nosotros, podremos estar disponibles emocionalmente para otros desde el amor y no desde la necesidad de hacer algo para no perder el vínculo.

En realidad, aprender a no estar siempre disponible es una forma mucha más profunda de presencia en las relaciones. Cuando sentimos que no necesitamos ser imprescindibles podemos acompañar sin invadir y hacer dependiente al otro, amar sin sobrecargarnos y sostener sin desaparecer ni negarnos a nosotros mismos.

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional

No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.