Dar como forma de pertenecer y relacionarse
Dar, dar, dar y dar es una de las estrategias relacionales y una de las formas de pertenecer más comunes y, al mismo tiempo, más invisibles. Es algo que opera a nivel inconsciente.
Es como si hubieras aprendido que para pertenecer al sistema y tener un lugar (familia, grupo, pareja, trabajo), tienes que aportar algo, ya sea cuidado, recursos, solución, alma, rendimiento, etc. Cuando eso sucede, dar “eso” se convierte en el precio que tenemos que pagar para seguir perteneciendo a ese sistema. Y es ahí cuando surge una tensión y un miedo a no estar dando lo que se espera que dé, y por consiguiente, a perder el vínculo y ser excluidos.
Este tipo de estrategia nos habla, frecuentemente, de una experiencia temprana en nuestra infancia. Tal vez el vínculo era impredecible, había carencias emocionales o alguien importante estaba desbordado. Cuando, de niños, vivimos eso, captamos que nuestra presencia “pesa” y que para ser aceptados conviene, no solo no molestar, sino sobre todo “ayudar” dando aquello que el sistema nos demanda.
Inconscientemente llegamos a la conclusión de que “si doy, me quedo; si necesito, pido, me arriesgo, pongo límites, puedo perder". El amor se vive como algo condicionado y basado en nuestra “utilidad”. Adicionalmente, si esto ocurrió en etapas muy tempranas de nuestra vida donde el cerebro relacional se estaba formando, esta estrategia (dar para pertenecer/ser querido), se graba implícitamente, no como una idea sino como algo que nos domina a nivel inconsciente en forma de automatismos.
Desde la mirada sistémica, este dar para pertenecer suele estar relacionado con determinados roles familiares: el mediador, el cuidador, el responsable, el que sostiene a mamá, el que cuida de los hermanos, el fuerte, el orgullo de la casa, etc.
Otras veces son lealtades invisibles: si doy demasiado, compenso algo, si me sacrifico pertenezco, si no brillo no eclipso a nadie. Dar, en sí, no es algo malo; pero cuando damos para asegurar nuestra pertenencia, lo que está ocurriendo por debajo de la línea de flotación es que percibimos que nuestro lugar está en riesgo y que si no damos estamos en peligro, y acaba generándose una ansiedad de fondo y una sensación de hiperalerta que termina permeando toda nuestra vida.
Tal vez nos cueste pedir, recibir ayuda o cuidarnos. Tal vez nos sintamos culpables o en deuda o quizás nos cueste poner límites porque se nos dispara la culpa o el miedo a que se rompa la relación. Son muchas las señales asociadas a este patrón: hiper-responsabilidad, adelantarse a las necesidades de otros, una hipersensibilidad a los cambios de humor de las personas importantes de nuestra vida, etc.
Cuando eso sucede, además, es frecuente que sintamos un cierto resentimiento. Sentimos que damos mucho y que recibimos poco a cambio (o no recibimos). Sentimos que nadie nos ve o que si paramos de dar todo se va al garete. Paradójicamente lo que está sucediendo es que cuanto más damos, menos sensación real de pertenencia tenemos porque inconscientemente sentimos que nos quieren por lo que hacemos y no tanto por lo que somos.
Desde el cuerpo y el sistema nervioso, esta estrategia suele sostenerse con estados de activación: estar “en guardia” para seguir siendo útil, no parar. Puede parecer energía alta, productividad, entrega (algo muy valorado en la sociedad actual); pero por debajo hay un miedo profundo a perder el vínculo, a ser criticado si no hago, a ser sustituido, o quizás una vergüenza asociada a una sensación de no valgo, no aporto. En algunas personas este tipo de respuestas también toma forma de complacencia, de una sobreadaptación basada en agradar y cuidar al otro para evitar un “posible abandono”. En otras ocasiones, se convierte en un patrón de control férreo: doy, organizo y sostengo para que nada se desborde. En todos estos casos, el dar no es algo espontáneo o genuino, sino que es un acto de regulación que sirve para calmar ese miedo a dejar de pertenecer.
Aunque esta estrategia tiene su origen en la infancia, permanece activa en nuestras relaciones adultas generando patrones que se repiten una y otra vez. En pareja, es posible que atraigas o elijas a personas que reciben mucho y dan poco, o tal vez que nos sintamos “necesarios”. En el trabajo es frecuente que nos sobreentreguemos, tengamos dificultades para reclamar lo que nos corresponde, para negociar o para sostener la incertidumbre de delegar en un equipo. Con las amistades puede que nos convirtamos en la terapeuta o el terapeuta del grupo.
Cuando esto sucede, y al tomar consciencia intentamos cambiar estos patrones, es frecuente que el sistema reaccione: algunos se enfadan, otros se alejan porque “has cambiado”. Lo que ha sucedido, en realidad, es que has dejado de sostener cargas y cuestiones que no te correspondían.
Lo más delicado de esta cuestión es que esta estrategia de “dar” suele estar asociada con cualidades reales e innatas de sensibilidad, empatía, generosidad y capacidad de sostener. El objetivo, en realidad, no es dejar de dar, sino recuperar la libertad: que dar no esté basado en el miedo, que no sea un peaje; sino que sea algo basado en el amor, en una elección libre. Un dar desde un adulto presente con límites, con medida y con reciprocidad a ser posible; no un dar desde el niño que teme perder.
Suscríbete a nuestra newsletter
Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional
No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.