La prisa como una forma de violencia sutil en la relación con los hijos

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La prisa como una forma de violencia sutil en la relación con los hijos

La prisa, cuando es un acto reiterado, estructural y no reparado, puede ser una de las formas más normalizadas de violencia relacional suave que encontramos cuando hablamos de vínculos: la prisa por que el otro cambie, se sienta distinto, lo supere cuanto antes... Habitualmente no suele verse como una forma de violencia porque no hay gritos, no se insulta, no se abandona a nadie explícitamente. Se disfraza de preocupación, de buenas intenciones o de ganas de que las cosas "salgan", pero es algo que empuja, invade ritmos y niega los tiempos internos de la persona. Cuando esto ocurre reiteradamente en la infancia, puede dejar en nosotros una huella profunda.

En lo relacional, la prisa no es solo hacer las cosas deprisa, sino que es un estado interno que transmite mensajes que suenan como: “esto debería ser distinto ya”, “no hay tiempo para lo que te está pasando”, “cambia ya”,... aunque no lo explicitemos con palabras, la prisa es algo que se transmite con el tono, las interrupciones, la impaciencia, la mirada, el suspiro, el "vamos"; y el sistema nervioso de la otra persona lo capta automáticamente, lo que rompe la sintonía.

La prisa lanza un mensaje claro: “mi ritmo no es bienvenido, tengo que adaptarme” y cuando eso sucede de manera repetida, daña la seguridad relacional. Este es un tema especialmente delicado cuando hablamos de la infancia, porque el niño no tiene los suficientes recursos como para contextualizar lo que está sucediendo y puede acabar viviéndolo como una verdad sobre sí mismo. No piensa "mi madre o mi padre está cansado", sino que siente que lo que le está pasando está mal.

La prisa se refleja en frases como “para ya, no llores”, “ya pasó”, “explícate bien”, “no es para tanto”, o incluso en situaciones en las que se resuelven problemas por el niño o se quiere que el niño “entienda” algo cuando está en plena ola emocional.

Cuando la prisa aparece en el ámbito de las emociones, lo que ocurre es que el niño no aprende a autoregularse, sino a apagar su emoción para cumplir con esa exigencia que le está marcando la prisa del adulto. No aprende que la emoción tiene un ciclo natural en la que aparece, se siente, se acompaña y se transforma; sino que aprende que hay que cortarla, inhibirla o suprimirla.

Paradójicamente también podemos ver que los padres tienen prisa porque les duele ver sufrir a sus hijos y quieren que dejen de sufrir. Esa prisa es una especie de intento de “aliviar” el dolor al niño, pero al hacerlo rápido y al querer imponer un ritmo que no es el natural para él, acortan o interrumpen el proceso de integración. En realidad, el niño no necesita que le “quiten de encima” esa emoción, lo que necesita es a alguien que pueda acompañarle y estar con ella sin ningún tipo de urgencia. Alguien que le pueda decir “puedes ser como eres ahora y yo seguiré estando aquí”.

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