La prisa como una forma de violencia sutil en terapia

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La prisa como una forma de violencia sutil en terapia

Cuando en un proceso o en una sesión de carácter terapéutico, ya sea terapia, constelaciones o cualquier otro tipo de intervención, aparece la prisa, esta se interpone entre terapeuta y cliente y de manera casi imperceptible, altera el clima emocional y se convierte en una forma muy sutil de violencia e invalidación que impone un ritmo externo que desatiende y anula el ritmo interno y natural del propio cliente.

La prisa tiende a simplificar las cosas para evitar sentir, elaborar o incluso sostener nuestras propias contradicciones; empujando a nuestro sistema nervioso a un modo de supervivencia (ya seas cliente o terapeuta) de lucha, huida o congelación; y es frecuente, además, que nos lleve a priorizar el hacer por encima del ser y, en algunos casos, incluso a bloquearnos.

La prisa en el terapeuta

Cuando la prisa está en el terapeuta, inconscientemente le hace llegar al cliente un mensaje implícito que dice: “tu ritmo no es válido, no cabe aquí”.  La emoción necesita su tiempo para desplegar, y sobre todo una sensación de seguridad relacional; con la integración pasa lo mismo. Se necesita un ritmo orgánico y natural, porque no se sana cuando uno quiere, se sana cuando la vida quiere y se está preparado; y aquí la prisa comprime y acorta ese tiempo y ese ritmo natural cerrando y poniendo límites al campo experiencial.

La prisa, además, prioriza el resultado sobre la relación y cuando el proceso terapéutico se convierte en una cuestión de rendimiento, suelen aparecer los “ya deberías estar en este punto”, “ya es hora”, “te toca”, etc. Estos mensajes implícitos o explícitos, por parte del terapeuta, se viven como una evaluación que, además, podemos sentir como algo profundamente invalidante y que puede activar patrones de sobreexigencia o perfeccionismo, voces internas y/o traumas o heridas del pasado.

En el cuerpo del cliente, además, la prisa se puede vivir como una activación simpática que nos empuja a hacer, resolver, empujar; o como un colapso dorsal que se traduce en bloqueo. Tanto en la activación simpática como en el colapso dorsal, nuestro sistema nervioso prioriza control y seguridad por encima de la exploración que nos lleva a profundizar en lo que todavía no se conoce y está por integrar. Por supuesto que la seguridad es un objetivo fundamental en terapia, pero cuando la necesidad de seguridad y el control se vuelven la prioridad central del proceso (por la presión de la prisa) y no hay espacio para la exploración, la terapia deja de ser transformadora y pasa a ser un proceso adaptativo en el que puede que nuestro sistema nervioso aprenda a “evitar” aquello en lo que deberíamos entrar, pero no da tiempo, por encima de la integración.

En muchas historias, además, la prisa es una memoria. Por ejemplo, para personas que crecieron con mensajes que decían “no llores”, “no exageres”, “ya pasó”; la prisa acaba reproduciendo la invalidación y vuelve a decir un “no molestes” un “no hay lugar para mí”, "no hay lugar para lo que siento".

La prisa en el cliente

En ocasiones es el cliente el que manifiesta la prisa por terminar, por sanar, por integrar. La prisa hace que todo parezca urgente y, a la vez, superficial. Es una forma de invalidar, de reprimir y de querer excluir esas partes internas que necesitan su tiempo, o sentir más seguridad relacional para tocar ciertos temas y, en definitiva, para integrar. Es algo que nos puede dar incluso una doble lectura: por un lado, hay una parte que, indudablemente quiere estar mejor; y por otro es posible que haya otra parte que simplemente no pueda permitirse seguir estando así y quiere salir cuanto antes. Aquí es donde entran en juego la autoexigencia, la necesidad de control, o incluso algunas dinámicas familiares aprendidas en la infancia que nos hablan de que no podemos permitirnos la vulnerabilidad, el dolor o la emoción.

Pero la prisa, además, a veces actúa como una defensa para el cliente: protege de entrar en “eso”, del contacto con el dolor (si paro, siento), del vacío, de la tristeza, del tener que elegir. La prisa, en el fondo, nos desconecta del sentir y nos mantiene con la mente ocupada.

La paradoja es que sanar, en el fondo, requiere soltar esa urgencia de conseguir un resultado. No se sana por empuje, sino por integración y a veces el “clic” se produce cuando dejamos de sentir nuestras partes vulnerables como algo que erradicar y eliminar y las vemos como algo a lo que empezar a amar, cuando descubrimos que podemos estar mal, sentir tristeza, dolor o rabia y seguir siendo igual de dignos y merecedores de ser amados.

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