Soledad elegida vs sentirse solo
Con frecuencia, la soledad suele entenderse como una falta de compañía, de vínculos o de relaciones. Sin embargo, la experiencia humana muestra algo más complejo: hay personas que pasan tiempo a solas y se sienten en calma, conectadas consigo mismas y disponibles para el encuentro. Y hay otras que, aun estando en relación constante, viven una sensación persistente de desconexión interna y relacional.
Esta diferencia pasa a menudo desapercibida porque solemos medir la soledad en términos externos —número de relaciones, frecuencia de contacto, vida social— cuando en realidad no depende tanto de cuántas personas hay alrededor, sino de la calidad del vínculo que podemos sostener, tanto con los otros como con nosotros mismos; así como de cómo experimentamos el contacto y la ausencia de él.
Estar solo y sentirse solo son experiencias internas muy distintas, con efectos muy diferentes en el cuerpo, en la regulación emocional y en la forma en que nos vinculamos.
La soledad elegida: cuando estar solo nutre
Estar solo puede ser una experiencia profundamente nutritiva cuando nace de una elección consciente. La soledad elegida no tiene que ver con el aislamiento forzado ni con la desconexión emocional, sino con la capacidad de retirarse temporalmente del contacto para escucharse, ordenarse y regularse por dentro.
En esta forma de soledad, la ausencia del otro no se vive como abandono. Hay una sensación de autonomía: estoy solo porque lo elijo, no porque no haya otra opción. El cuerpo suele responder con menos activación defensiva, la mente puede aquietarse y aparece un contacto más claro con lo que ocurre internamente —pensamientos, emociones, sensaciones corporales— sin que esto resulte desbordante.
Desde un punto de vista psicológico y neurobiológico, esta experiencia es posible cuando existe una base suficiente de vínculos seguros internalizados. Es decir, puedo estar en soledad porque, aunque no haya nadie físicamente conmigo, no me siento solo por dentro. El vínculo no desaparece en la ausencia; se mantiene como una experiencia interna estable.
En estos casos, la soledad cumple una función saludable: permite descanso del sistema nervioso, integración emocional y una mayor disponibilidad posterior para el encuentro. Lejos de empobrecer la vida relacional, la enriquece. No es una huida del vínculo, sino una forma de cuidarlo, empezando por la relación con uno mismo.
La experiencia de sentirse solo
Sentirse solo no es simplemente estar sin compañía. Es una experiencia interna de desconexión que puede aparecer incluso estando rodeados de gente, en pareja, o con una vida social activa. Desde dentro, suele vivirse como una sensación de vacío, dificultad para apoyarse en el vínculo, sentirse visto, comprendido o tenido en cuenta, o como una sensación de falta de sintonía emocional con los otros. No es tanto una emoción concreta como un estado relacional que atraviesa el cuerpo, la emoción y la forma de vincularse.
Desde la mirada relacional, el sentirse solo suele estar vinculado a experiencias tempranas de ausencia emocional, más que a la ausencia física de personas. No es “no tener a nadie”, sino no haber podido construir una experiencia interna estable de conexión. Esto explica por qué sentirse solo no depende únicamente de la situación externa. Una persona puede tener relaciones, actividad social e incluso intimidad, y aun así no sentirse en relación. Lo que falla no es la cantidad de contacto, sino la experiencia interna de seguridad y apoyo que ese contacto debería generar.
La experiencia interna de sentirse solo puede entenderse como una respuesta del sistema nervioso ante la percepción de que el vínculo no está disponible o no es suficientemente seguro. Nuestro organismo necesita señales de conexión —presencia, sintonía, respuesta— para regularse. Cuando estas señales faltan, son inconsistentes o no pueden ser registradas como fiables, el cuerpo entra en estados de activación (inquietud, ansiedad, búsqueda constante de contacto) o, en el extremo opuesto, en estados de congelación (desconexión, apatía, sensación de vacío).
A diferencia de la soledad elegida, en el sentirse solo no hay una vivencia clara de elección. La distancia no se siente como un movimiento propio, sino como algo impuesto. Por eso, muchas veces, el contacto no alivia: podemos compartir, incluso intimar… y aun así, al terminar el encuentro, la sensación de soledad sigue intacta o incluso se intensifica. Esto sucede no porque seamos “insaciables”, sino porque nuestro sistema nervioso sigue sin encontrar una experiencia de conexión que pueda ser registrada como suficiente.
Aquí es donde suele aparecer la culpa o la autoacusación: “algo me pasa”, “no sé relacionarme”, “nunca me basta”. Sin embargo, el sentirse solo no tiene que ver con exigir demasiado ni con una incapacidad personal para estar solo. Tiene que ver, sobre todo, con cómo se ha ido construyendo la experiencia interna de acompañamiento a lo largo de la vida.
Desde muy pequeños, aprendemos a regularnos en relación con otros. Cuando en la relación con nuestros cuidadores primarios (nuestra madre/padre en la mayoría de los casos) hubo experiencias suficientemente coherentes de calma, sostén y respuesta al malestar, esa función reguladora se va internalizando. Con el tiempo, la presencia del otro deja de ser imprescindible para sentirnos acompañados, porque el vínculo puede mantenerse como una experiencia interna disponible incluso en su ausencia.
Cuando, por el contrario, esas experiencias fueron escasas, imprevisibles o poco sintónicas con nuestras necesidades, no llegamos a consolidar del todo esa capacidad. En la vida adulta, esto puede traducirse en una vivencia de vacío ante la ausencia, en una dificultad para calmarse incluso en presencia de otros y en una búsqueda de contacto que no termina de cumplir su función reguladora. El vínculo está ahí, pero no logra sostener por dentro.
Nada de esto es una elección consciente ni una falta de voluntad. Es una forma de organización que se fue construyendo muy temprano, en respuesta a las condiciones relacionales disponibles en cada momento de nuestro desarrollo.
En nuestra opinión, el abordaje de esta sensación no consiste en poner el foco en "eliminar" la soledad ni en empujar a la persona a relacionarse más o mejor. Tampoco en reforzar una autonomía que, en muchos casos, ya ha sido una estrategia de supervivencia. El trabajo empieza por algo más básico: crear condiciones de seguridad relacional suficientes para que la experiencia pueda ser sentida y sostenida.
Las constelaciones orientadas a la integración de trauma y la terapia sensible al trauma pueden ser herramientas especialmente valiosas en estos casos porque no abordan la soledad como un síntoma aislado, sino como una experiencia relacional y corporal con contexto e historia. No buscan deshacerse de la sensación de soledad, sino que deje de vivirse como una amenaza constante.
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