El rebelde en el sistema familiar

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Desde el punto de vista sistémico, en la familia, cada miembro tiene un rol definido que influye en el funcionamiento del sistema. Estos roles no son fijos; a lo largo del tiempo, una misma persona puede acabar desempeñando diferentes roles según lo requieran el tiempo y las circunstancias.

Entre estos roles familiares podemos encontrar al cuidador, el proveedor, el mediador o pacificador, el invisible, el payaso y también encontramos a "El Rebelde"; un rol que, en ocasiones, es considerado conflictivo.

El rebelde es aquel miembro de la familia que se atreve a desafiar las normas y las leyes establecidas del sistema, asumiendo el consiguiente costo tanto para la familia como para él mismo. Es la figura que se atreve a poner sobre la mesa necesidades no atendidas, ignoradas o que permanecen en el inconsciente. Es el miembro de la familia que se encarga de traer al consciente los temas, asuntos y traumas no resueltos del sistema.

Por el propio conflicto que genera la figura del Rebelde, en ocasiones el sistema pone el foco en el individuo y puede que evite mirar las dinámicas internas que está señalando el rebelde. El rebelde pone a prueba la rigidez y flexibilidad del sistema. Si el sistema permanece rígido y sigue señalando al rebelde, este se convierte en el chivo expiatorio; incluso se puede producir la exclusión de este miembro de la familia o su marginalización dentro del sistema.

Cuando en un sistema aparece la figura del rebelde, los miembros de la familia suelen tener problemas para comprender y manejar el comportamiento del rebelde y, a menudo, se centran en corregir o anular su comportamiento. Esto tiene un coste emocional y psicológico importante para el rebelde que se siente aislado, marginado y que incluso puede tener problemas de autovalía o autoestima, por sentir que no está cumpliendo las expectativas que el sistema ha depositado sobre él/ella.

A menudo, además, el rebelde se convierte en el centro de las discusiones y conflictos familiares, algo que puede erosionar las relaciones con el resto de los miembros del sistema y que puede conducir al aislamiento. No obstante, en algunos casos, el papel del rebelde puede ayudar a mantener un cierto equilibrio dentro de la familia. Por ejemplo, puede distraer la atención de otros problemas familiares o incluso unir a los miembros de la familia contra un "enemigo" común.

Cuando el Rebelde se convierte en chivo expiatorio, el enfoque constante en los comportamientos negativos de esta figura puede desviar la atención de todas las fortalezas, virtudes y rasgos positivos que posee el individuo, induciéndole a tener una autoimagen y autoconcepto mayoritariamente negativo, especialmente si se trata de un miembro de corta edad.

En estos casos, el quid de la cuestión no está en corregir, anular o marginalizar al rebelde; sino en entender el papel que está jugando esta figura en las dinámicas familiares. Al hacerlo así, se pueden abordar dinámicas disfuncionales, necesidades no satisfechas o cuestiones no resueltas que subyacen en el propio sistema.

En muchos casos, el rol del rebelde se adopta como una forma de luchar por una identidad personal propia ante un sistema rígido. Esto suele ocurrir, especialmente, en la adolescencia y la juventud donde la rebeldía puede ser parte de un proceso normal de desarrollo, donde el individuo explora su identidad y busca establecer su autonomía frente a la familia.

Cuando esto sucede, suele ocurrir que el rebelde se permite ser él mismo, se permite dejar de cumplir las expectativas de los otros. Es la figura que abre la puerta a que otros miembros del sistema también puedan empezar a atreverse a ser ellos mismos. Es el representante de la diversidad y la individualidad.

Desde el punto de vista del desarrollo de la conciencia moral, un rebelde entra en resonancia con su propia verdad y sus propios valores, y se atreve a enfrentar aquellas normas y valores que no resuenan con su propia verdad.

A pesar de que el rebelde es percibido como una figura conflictiva dentro del sistema, es una figura necesaria y vital para el funcionamiento y el desarrollo del propio sistema. Es un agente de cambio que lleva al sistema a adaptarse y a solucionar asuntos no resueltos en el pasado, y a arrojar luz sobre las dinámicas nocivas o disfuncionales que actúan a nivel familiar. El rebelde es un catalizador para la transformación personal de los miembros del sistema y para la transformación, crecimiento y evolución del propio sistema.

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