Autosabotaje: cuando una parte de nosotros no confía en que sea seguro avanzar

autoconocimiento conciencia emociones trauma
Autosabotaje

Llamamos autosabotaje a esos movimientos en los que, aparentemente, hacemos lo contrario de lo que conscientemente queremos. Es ese conjunto de gestos, decisiones y pensamientos —muchos de ellos muy rápidos e inconscientes— que nos frenan justo cuando querríamos avanzar, sentir más bienestar, más intimidad, más éxito o más calma.
Muchas veces toma formas muy reconocibles desde fuera: un perfeccionismo que nunca permite dar nada por “suficientemente bueno” y así nos evita exponernos; un miedo al éxito o al fracaso que, más que miedo al resultado, es miedo a lo que vendrá después, a las miradas, a las expectativas, a la caída desde más alto; relaciones en las que, casi sin darnos cuenta, empezamos a buscar defectos, a crear conflictos o a aislarme justamente cuando las cosas van bien; decisiones impulsivas que tiran por la borda algo importante para nosotros, como si una parte dijera “antes de que me lo quiten, lo rompo yo”; excusas y justificaciones constantes que nos ayudan a evitar la responsabilidad y el vértigo de reconocer que, si dependemos de nosotros mismos, también podemos fallarnos.

Desde la mente racional, nada de esto tiene sentido: “si quiero esto, ¿por qué hago lo contrario?”, “si quiero amor, ¿por qué me alejo?”, “si quiero calma, ¿por qué me acabo complicando?”, “si quiero que me vaya bien, ¿por qué se arruina todo?”. Sin embargo, internamente, una especie de freno de emergencia que se activa solo, sin que seamos conscientes de ello.

Una mirada a nuestro mundo interno

Dentro de nosotros conviven distintas partes de nuestra personalidad: diferentes voces, impulsos, necesidades y estrategias que se han ido surgiendo organizándose a lo largo de nuestra historia. Puede haber una parte que desea crecer, mostrarse, amar, arriesgarse; y puede haber otra parte que, cuando siente que nos acercamos a cierta línea roja, entra en alarma. Esto suele ser una parte protectora. Con frecuencia suele ser una parte antigua que se configuró en un contexto en el que avanzar, exponernos, brillar, desear o poner límites tuvo un coste alto: crítica, vergüenza, ridículo, abandono, abuso, sobrecarga, soledad. Para esa parte, avanzar no significa “evolucionar”, sino “volver a entrar en la zona de peligro”. Donde nuestro yo adulto ve una oportunidad; nuestro yo de pequeño recuerda el episodio en el que una situación parecida tuvo cierto impacto en nuestra psique.

Si escucháramos ese diálogo interno con más atención, podría sonar así: una parte dice “quiero lanzar este proyecto, empezar esta relación, decir que no”, y la parte protectora responde “ni hablar; la última vez que hiciste algo así acabaste expuesto/a, herido/a o solo/a; mi trabajo es evitar que eso se repita; si tengo que frenarte, confundirte o sabotear el plan, lo voy a hacer”. Desde fuera parece que una parte te boicotea. Desde dentro, esa parte nos está protegiendo de que volvamos a vivir aquella situación que en su momento fue tan difícil o dolorosa.

La dimensión somática del autosabotaje

La desconfianza de esa parte no es lógica, es corporal. Vive en sensaciones, reflejos y memorias que se grabaron cuando nuestro mundo era mucho más pequeño o nuestros recursos para afrontar ciertas situaciones eran limitados o insuficientes. Muchas veces se origina en familias donde destacar traía burla, envidia o críticas; en ambientes donde equivocarse tenía un precio muy alto, humillación, castigo o retirada de afecto; en experiencias de abuso o traición cuando nos abrimos, confiamos o mostramos una parte muy auténtica de nosotros; en dinámicas en las que asumir responsabilidad o éxito significaba cargar con más peso del que podíamos sostener en su momento. Esta parte vive anclada en ese tiempo. Es como un guarda de seguridad interno que solo conoce un mapa antiguo, un mapa donde cada vez que cruzabas cierto umbral, dolía. Nuestro yo adulto sabe que ahora tenemos más recursos, más conciencia, otras personas a nuestro lado. Pero esa parte aún no lo sabe. Para ella, la información que cuenta es la del cuerpo cuando se acelera, el nudo en la garganta, el vacío en el pecho, el impulso a desaparecer o a “liarla” antes de que pase algo que siente como demasiado.

Esta parte suele actuar, casi siempre, de forma inconsciente. Se manifiesta como una distracción repentina justo cuando ibas a hacer algo importante, un perfeccionismo que nos hace sentir que no estamos suficientemente preparados/as para llevar a cabo lo que deseamos; pensamientos desesperanzadores y o que nos hacen sentir insuficientes —“esto no va a salir bien”, “van a descubrir que soy un fraude”, “mejor no mover nada”—; como una mirada hipercrítica que encuentra defectos a cualquier oportunidad que nos saca de lo conocido; falta de tiempo crónica, compromisos imposibles, caos constante. No es que esta parte quiera hacernos daño porque sí, sino que se activa de forma autónoma para defender nuestro núcleo vulnerable y evitar que suframos, usando la misma lógica antigua con la que aprendió a salvarnos en otro momento.

Del conflicto interno al diálogo con nuestras partes protectoras

La mayoría de las veces respondemos al autosabotaje con una guerra interna. Nos decimos “es que soy tonto/a”, “otra vez igual”, “tengo que dejar de ser así”, “la próxima vez lo haré por fuerza bruta”. Esta violencia interna suele reforzar el círculo: cuanta más dureza hay dentro, más se activan las partes que creen que el mundo (incluidos nosotros mismos) es peligroso. Una alternativa es pasar de pelearte con esa parte a relacionarte con ella. En lugar de decir “soy un desastre”, puedes empezar a probar con “hay una parte de mí que tiene pánico a que la vean”, “hay una parte de mí que prefiere que no esperen nada de mí”, “hay una parte de mí que se protege bajando las expectativas”. Nombrarla así hace que la separemos un poco de nuestra identidad. No "somos" el autosabotaje, sino que hay una parte de nosotros que lo utiliza como estrategia para protegernos del dolor.

Desde ahí, en vez de solo juzgarla, podemos empezar a escuchar su lógica. Podemos, por ejemplo, preguntarnos ¿qué intenta evitar esta parte?, ¿qué teme que pase si doy este paso?, ¿a qué experiencia antigua me recuerda esto?. No es necesario encontrar la escena exacta ni que lo entendamos todo de golpe; a veces aparecen solo sensaciones, una edad aproximada, una imagen, y eso ya es información. También puedes practicar validar su intención sin validar su estrategia. Frases como “gracias por protegerme tanto” reconocen que, en su origen, esa estrategia tuvo sentido. 

Mirar el autosabotaje como una parte protectora no implica, en ningún caso, justificar cualquier conducta dañina con el argumento de “es una parte de mí, no puedo hacer nada”. Tampoco significa dejar que esa parte decida siempre ni renunciar a nuestra responsabilidad adulta en cómo nos relacionamos, trabajamos o nos cuidamos. Al contrario: cuanto mejor entendemos qué está pasando por dentro, más margen de elección tenemos. No se trata de obedecer ciegamente al impulso ni de erradicarlo, sino de incluirlo en la conversación interna: “hoy soy adulto/a, tengo más recursos; podemos encontrar otras formas de cuidarnos que no pasen por hacerme daño”.

Quizá la próxima vez que sientas que “te estás saboteando” puedas hacer un pequeño gesto distinto. En lugar de atacarte, quizás puedas hacer una pausa y preguntarte "¿qué parte de mí no se siente segura todavía?", "¿de qué me está intentando proteger?", “¿qué necesitaría para que yo pueda dar un pasito?”. No se trata de forzarnos a avanzar a empujones. A veces, el verdadero movimiento no es ir más rápido, sino ir al ritmo al que tu mundo interno puede empezar a creer que, ahora, en nuestra realidad actual y con nuestros recursos actuales, sí que es seguro avanzar.

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional

No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.