La importancia de nuestros primeros 1.000 días de vida

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Dice la ciencia que, aproximadamente nuestros 1.000 primeros días de vida, a contar desde nuestra gestación, es el periodo de nuestra vida en el que se experimenta una mayor actividad y desarrollo cerebral. 

Utilizando un símil informático, podría decirse que durante esa etapa de nuestra vida va a configurarse, en cierta medida, el sistema operativo con el que vamos a funcionar el resto de nuestra vida; por eso es una etapa tan importante en el desarrollo emocional y de la personalidad de la persona. 

Mientras estamos en el útero de nuestra madre, no necesitamos pedir nada. No tenemos hambre, estamos en un medio a una temperatura agradable. Somos uno con nuestra madre. No tenemos noción de ser algo diferente a mamá.

Sin embargo, al nacer se produce un cambio radical. Empezamos a ser algo independiente de nuestra madre pero todavía dependemos de ella para sobrevivir, con el añadido de que vamos a tener que expresar nuestras necesidades de alguna manera para que ella sepa cuando tenemos hambre, cuando tenemos frío, dolor, incomodidad, etc...

Esas necesidades las expresamos, durante esa época, a través del llanto. Y en la respuesta a esas necesidades por parte de nuestra madre o cuidador principal, nuestro cerebro va a ir configurando a través de sus conexiones neuronales, un cierto esquema sobre nosotros, sobre los demás, sobre el mundo, sobre nuestras necesidades y sobre la vida. Y se trata de un esquema sentido, no racionalizado. Algo que experimentamos y sentimos en nuestra propia fisiología y que se registra en nuestra memoria corporal. 

Así si la madre y el cuidador responde de una manera adecuada, amorosa y previsible a las necesidades del bebé expresadas a través del llanto, el niño va a experimentar:

  • que puede confiar en el otro
  • que sus necesidades son importantes
  • que él mismo es valioso, o que ella misma es valiosa.
  • que la vida es predecible

Sin embargo, si las respuestas a las necesidades del bebé no son atendidas de manera previsible o adecuada, el bebé puede empezar a experimentar cosas como:

  • que no merece o no es válido
  • que sus necesidades no son importantes
  • que no puede confiar en otros, 
  • etc..

y en consecuencia quizás decida adoptar estrategias para adaptarse a las circunstancias, como por ejemplo desconectarse de sus necesidades para no experimentar el dolor de no obtener respuestas a ellas (si no tengo necesidades/si no necesito de nadie, no me arriesgo a experimentar el dolor de que mis necesidades no sean atendidas o no ser tenido en cuenta).

Esto ocurre en etapas muy tempranas de nuestra vida cuando nuestro cerebro se está "configurando", si las primeras experiencias son de esa índole y además repetitiva, va a establecer una "configuración" predeterminada que de alguna manera va a repercutir a posteriori en nuestra percepción del mundo, de la vida, de los demás y de nosotros mismos.

Es una configuración sentida, interiorizada y que no tiene nada que ver con lo racional. En esa etapa de nuestra vida, el neocortex que es la parte de nuestro cerebro que se encarga de los procesos más racionales no está aún desarrollada. No podemos racionalizar lo que nos sucede. 

Esta es la principal razón por la que esos 1.000 primeros días de vida son tan importantes en el desarrollo de un niño. Aunque no tenemos que perder de vista, tampoco, que nuestro cerebro va a seguir desarrollándose hasta los 25 o 30 años de edad, pero esos 1.000 primeros días constituye el origen de nuestras experiencias más nucleares y sentidas.

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