La herida de la exclusión: el dolor de no pertenecer

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La herida de la exclusión: el dolor de no pertenecer

Sentirse excluido o sentir que no perteneces es algo que para algunas personas es terreno conocido y suele aparecer en terapia. Podemos tener una familia, amigos, compañeros de trabajo, de colegio, de andanzas, de viajes, de aventuras; pero aun así, a veces, puede que nos sintamos excluidos, que no pertenecemos del todo, que no podemos ser nosotros mismos en determinados círculos o relaciones, o que tenemos que estar permanentemente luchando y justificando nuestro derecho a estar en ese grupo; y eso es algo profundamente doloroso que además te puede hacer sentir muy solo.

Pertenecer es una necesidad fundamental del ser humano, directamente relacionada con la supervivencia. Pero una cosa es la necesidad de pertenencia (tener vínculos) y otra es la experiencia de sentir que pertenecemos, algo que tiene que ver con cómo se vive emocional y cognitivamente esos vínculos; con la experiencia de sentirnos vistos, respetados, valorados y seguros siendo nosotros mismos en la relación con el otro / los otros. 

Sentir que no perteneces duele porque no solo necesitamos gente a nuestro alrededor, sino porque además necesitamos sentir que nuestra presencia cuenta para el otro, que tenemos derecho a pertenecer y que, además, podemos relajarnos y ser nosotros mismos en el vínculo.

Las dinámicas sistémicas detrás del sentirse excluido

En la familia, y en otros grupos, es frecuente que la pertenencia se consiga a costa de no ser uno mismo. Podemos pertenecer formalmente a una familia, pareja, grupo, pero también puede ser que tengamos que hacerlo desde un "papel": la que no molesta, el que cuida, la responsable, el gracioso, la fuerte, la que siempre escucha; o desde una personalidad adaptada (con el nombre que le queramos poner) donde excluimos ciertas partes nuestras: la rabia, la tristeza, la necesidad, la vulnerabilidad, etc. 

Es frecuente, también, que se sienta que se pertenece en la medida en la que se desempeña ese rol o se viva en esa personalidad adaptada y el problema aparece cuando el lugar solo parece ser seguro mientras se viva ese rol o función, o se excluyan ciertas partes nuestras. Es entonces cuando uno siente que se pertenece no por ser quién es, sino por lo que se aporta al grupo o al vínculo o lo que se "tiene" que ser para sostener el bienestar de otros (no dar problemas, no expresar necesidad ni opiniones, etc.)

En otras ocasiones adoptamos otro tipos de estrategias: para evitar la posibilidad de ser rechazados nos retiramos antes de que eso pueda suceder. Esa retirada no es solo una retirada física o de distancia, sino que también puede verse como un no proponer planes nunca, no compartir preocupaciones, no expresar opiniones, no acercarnos demasiado al otro o convencernos, incluso, de que no necesitamos a nadie.

La experiencia de sentirse excluido o que no perteneces es realmente compleja, pero hay una parte de todo esto que es importante que miremos con cuidado y con conciencia. A veces, podemos estar recibiendo señales reales de exclusión y otras veces, sin que exista un rechazo claro, nuestro sistema de alarma se activa con muchísima intensidad ante señales pequeñas, ambiguas o cotidianas; como pueden ser, por ejemplo, un WhatsApp que tardan en respondernos, una cara seria, un cambio de tono. Todo esto, cuando toca heridas antiguas no integradas, puede vivirse como una confirmación de una idea de exclusión: "no le importo", "he hecho algo mal", "no van a contar conmigo"... Esto no significa que nos lo estemos inventando, significa que nuestro sistema de protección intenta adelantarse al dolor ya conocido de sentirnos excluidos. 

Muchas veces, ese sistema de alarma, se ha calibrado en relaciones donde la cercanía era algo imprevisible, donde había crítica, humillación, abandono, ley del hielo o poca disponibilidad emocional y lo que hoy puede parecer una reacción desproporcionada, en otro momento de nuestra vida fue la forma más sensata e inteligente que encontramos de intentar anticipar el daño.

El handicap de todo esto está en que, si ese sistema de protección ocupa demasiado espacio en nosotros puede interpretar como un peligro actual lo que solo es incertidumbre, cansancio del otro, distracción o incluso una diferencia de manera de relacionarse; y cuando todo esto sucede puede llevarnos a actuar de maneras que acaban aumentando la desconexión con la otra persona. Tal vez dejemos de escribir, digamos no a un plan, respondamos con un ataque, pidamos confirmación de manera insistente o acabemos escondiendo nuestras necesidad.

En realidad, para esa sensación de "sentirse excluido", no siempre hay una única explicación. A veces es el resultado de una combinación entre la historia que hemos vivido, los vínculos que tenemos hoy y el contexto en el que vivimos. 

Todos necesitamos adaptarnos en alguna manera porque, de hecho, cualquier relación implica una negociación en la que hay que escuchar, aceptar y tolerar diferencias. Pertenecer no es encontrar un lugar o un grupo donde todos piensen igual y donde nunca haya malestar; pero una pertenencia sana tampoco debería requerir renunciar constantemente a partes nuestras, a nuestra voz, nuestras necesidades, nuestros límites o nuestra identidad. Si para ser querido o aceptado hay que hacerse pequeño, callarse lo que duele o representar un personaje continuamente, probablemente esa relación necesita ser revisada.

En todos estos casos la terapia puede ayudarnos a integrar antiguas heridas y afinar nuestra mirada para poder distinguir entre una señal de peligro presente y la activación de una herida o una expectativa antigua. También puede ayudarnos a ampliar el margen entre lo que ocurre y la reacción automática que nos toma por completo; no para eliminar la sensibilidad a la hora de percibir los vínculos, sino a que tengamos más opciones y en vez de concluir de inmediato y automáticamente que nos han contestado porque no les importamos, aprender a notar la activación, a reconocer la historia que se ha puesto en marcha y a esperar antes de decidir definitivamente qué significa el silencio, la mirada o el comentario del otro. 

Pero también nos gustaría incidir en que es importante que evitemos dos errores opuestos: el primero de ellos es pensar que toda sensación de no pertenecer es una distorsión personal, porque lo cierto es que hay vínculos y contextos que excluyen; el segundo de ellos es convertir cualquier incomodidad en una prueba inequívoca de que no nos quieren, de que nos excluyen y debemos alejarnos.

La cuestión está en no forzarse a elegir una de esas explicaciones sino poder pararnos a mirar con más precisión, y es ahí donde la terapia puede ayudar.

Imagen de NoName_13 en Pixabay

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