Cuando la pareja se separa, la familia se reorganiza
Con una cierta frecuencia, cuando una pareja decide poner fin a su relación, surge un miedo y la idea de que el divorcio es una fractura que deja un daño para siempre que afecta profundamente a los hijos. Pero, si miramos este proceso desde la mirada sistémica, lo que podemos ver es que la separación en sí no destruye el sistema familiar, sino que lo obliga a reorganizarse y es precisamente el cómo se haga esa reorganización lo que marca la diferencia.
Salvador Minuchin, uno de los referentes de la terapia familiar estructural, describía a la familia como un conjunto de subsistemas entre los que encontramos el conyugal (la pareja), el parental (los padres en su función de crianza) y el fraterno (los hermanos), además del que conecta con la familia extendida.
Cuando hablamos de subsistemas y de sistemas, nos referimos a un conjunto de personas que se relacionan entre ellos según una función concreta. Así, por ejemplo, cada uno de nosotros participamos en diferentes sistemas y subsistemas. Por ejemplo, podemos se pareja, madre/padre, hija/o, hermana/o, y cada uno de estos subsistemas requiere de unas reglas, competencias y límites específicos.
Cada subsistema tiene una función propia:
- Subsistema conyugal: construir y sostener un vínculo de intimidad, compromiso y apoyo mutuo. Este subsistema requiere de una cierta privacidad respecto a los hijos para que estos no queden absorbidos por los conflictos de pareja o por las necesidades de los adutos.
- Subsistema parental: lo forma quienes desempeñan las funciones de crianza, cuidado, orientación y autoridad frente a los hijos (y no siempre coincide con los progenitores biológicos). Este subsistema también requiere de una posición generacional diferenciada respecto a los hijos.
- Subsistema fraterno: un espacio en el que los niños experimentan relaciones más simétricas. Aquí aprenden a negociar, cooperar, competir, compartir, etc.
- Subsistema propio o individual: además, cada uno de nosotros es también en sí mismo un sistema con sus necesidades, límites, identidad y espacios propios que no deberían ser anulados por la necesidad de pertenencia al sistema familiar.
Cuando una pareja se separa, lo que desaparece es el subsistema conyugal pero, el parental y el fraterno no tienen por qué desaparecer. Pueden y deben seguir funcionando aunque para ello tengan que cambiar de forma. Lo que ocurre es que, a veces, la separación o el divorcio acaban pasando factura al subsistema parental y cuando este se contamina puede ocurrir que los límites entre subsistemas se desdibujen y se produzcan movimientos en los que un hijo pasa a ocupar funciones de adultos en el sistema conyugal mediando o apoyando emocionalmente a alguno de los cónyuges.
Aunque la creencia popular alimenta la idea de que la separación/divorcio afecta profundamente (y negativamente) a lo hijos, lo cierto es que esa creencia no necesariamente coincide con lo que la evidencia nos cuenta: no es la falta del progenitor en casa lo que predice el daño en el desarrollo infantil, sino el nivel de conflicto familiar (Amato & Keith, 1991); y no es la estructura familiar lo que mejor predice cómo le va a un hijo, sino la calidad del vínculo entre los adultos y cuanto se le protege del conflicto antes y después de la ruptura (estudio poblacional en China).
Pero si hay un proceso y reestructuración de dinámicas que la investigación identifica claramente como dañino, ese es la triangulación (Rasmussen et al.) que se produce cuando el hijo o alguno de los hijos es incorporado directa o indirectamente al conflicto entre sus padres ya sea haciendo de mensajero, mediador, o cuidador del estado de ánimo de alguno de sus progenitores. Aunque este movimiento puede aliviar la tensión de los adultos a corto plazo, el hijo queda instalado en un conflicto que no le pertenece y en el que se le ha asignado una función para la que, habitualmente no tiene suficientes recursos.
Es importante señalar que esta dinámica, en la que el hijo asume un rol de adulto y queda incorporado al conflicto, no siempre aparece en parejas separadas o divorciadas. Puede suceder igual, en parejas que siguen conviviendo juntas pero entre las que el conflicto no está resuelto.
Esto es algo que no solo implica al hijo afectado (el que triangula), sino que también puede invadir el espacio del subsistema fraterno (los hermanos). Pueden dividirse en función de diferentes lealtades hacia cada una de las figuras parentales o surgir conflictos entre ellos.
Con todo esto que estamos viendo, la pregunta no es si el divorcio dañará o no a los hijos, sino qué podemos hacer como adultos para que no se produzcan estos movimientos en el subsistema fraterno. Y aquí, desde nuestro punto de vista, creemos que es importante tener en cuenta diferentes cuestiones.
La primera de ellas es separar el conflicto de pareja de la función parental. Entender que se puede dejar de ser pareja sin dejar de coordinarse como padres que tiene un objetivo común: el bienestar de sus hijos.
La segunda de ellas es dejar a los hijos al margen del contenido del conflicto: no usarlos como mensajeros, confidentes, jueces, mediadores, apoyos emocionales, etc.
La tercera es sostener límites claros, consensuados y consistentes. Es frecuente que la separación conlleve para los hijos una vida compartida entre dos hogares. Es importante consensuar límites y reglas para que no se encuentren con contradicciones que pueden dar lugar a lealtades enfrentadas.
Y por último, creemos que también es importante permitir el duelo tanto de los adultos como de los hijos, por la familia que pudo ser y que no será. Sin empujar a que ese duelo se supere forzadamente.
Si hay algo que nos gustaría que te llevaras de todo esto es que una familia que se separa no deja de ser familia, simplemente se transforma en otra forma de familia igual de legítima, igual de capaz de dar cariño, cuidado y amparo a todos los miembros que la forman. La organización no tiene por qué ser "de libro", ni tenerla resuelta desde el primer día de la separación o del divorcio; es un proceso vivo al que hay que enfrentarse día a día y en el que cada vez que eliges no meter a tu hijo en la discusión, cada vez que sostienes un límite consensuado con cariño, o cada vez que permites a tu ex-pareja seguir siendo un buen padre o una buena madre aunque ya no sea tu compañero o compañera de vida, estás ayudando a que el sistema familiar encuentre su nueva forma de funcionar, mucho más sana incluso que la anterior.
Aún así, si notas que el conflicto todavía se cuela donde no debería, no mires esto como un fracaso personal, sino como una señal de que todavía se está buscando esa nueva forma de funcionar y también requiere de paciencia y de ternura hacia una misma... y no hace falta atravesarlo en soledad.
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