Constelaciones sin explicaciones esotéricas
A lo largo de estos años hemos visto que muchas personas se sienten atraídas por el potencial de las Constelaciones Familiares, pero también que algunas se alejan por la forma en que a veces se explican. A nosotras mismas nos ocurría: nos chirriaban frases como “estás cargando con algo que no te corresponde”, “tu síntoma pertenece a un ancestro” o “es una lealtad a tu abuela materna”.
Cuando Bert Hellinger dio forma a las Constelaciones, el lenguaje disponible para hablar de la experiencia humana era muy distinto al que tenemos hoy. Expresiones como “cargas”, “lealtades”, “identificaciones” intentaban explicar que nuestra historia familiar, nuestros vínculos y todo aquello que no pudo ser elaborado por generaciones anteriores, tenía un impacto significativo en la forma en que vivimos hoy en día.
Lo que hemos ido viendo a lo largo del tiempo es que este tipo de lenguaje también ha tenido un efecto que merece la pena revisar; a veces ha situado el origen del malestar en algo lejano y difícil de comprobar: un ancestro, un secreto familiar o una dinámica que ocurrió antes de que naciéramos. Sin pretenderlo, esto podía dejar a la persona en un lugar de poca agencia, como si estuviera viviendo las consecuencias de un destino heredado del ancestro ante el cuál no había nada que hacer.
Hoy en día, entre otras cosas gracias a la ciencia, contamos con más conocimiento sobre los mecanismos de transmisión del trauma transgeneracional, trauma, apego, corregulación emocional, desarrollo del Sistema Nervioso. Y sabemos que la historia familiar nos afecta, pero no porque llevemos dentro una “carga” misteriosa de nuestros ancestros, sino porque crecimos en un contexto familiar permeado por ese trauma transgeneracional: porque en casa aprendimos a vincularnos de determinada manera, aprendimos a estar pendientes del estado emocional de otras personas; porque tal vez no había espacio para expresar ciertas emociones, porque fuimos miradas, escuchadas, sostenidas (o no) de determinada manera; porque convivíamos con silencios, con tabúes familiares, con secretos, con pérdidas, miedos, tensión, ausencia emocional o conflictos y cuestiones que no podían nombrarse. Ahí es donde podemos encontrar muchas de las huellas de ese trauma transgeneracional que hoy siguen presentes en nuestra vida.
Esta mirada actualizada de las Constelaciones no simplifica la historia familiar. Quienes nos criaron también estuvieron condicionados por sus propios recursos, experiencias, contextos y vínculos, pero comprender esto no implica quitarnos responsabilidad ni quedarnos atrapadas en el pasado. Al contrario, cuando dejamos de pensar que somos víctimas de algo oculto que viene de nuestros ancestros, podemos empezar a mirar con mucha más claridad aquello que sí vivimos en nuestra historia. Podemos reconocer cómo nos afectó, qué necesidades quedaron sin atender, qué estrategias desarrollamos para adaptarnos, qué roles ocupamos en el sistema familiar y qué nuevas experiencias necesitamos construir hoy para poder sanar e integrar.
En nuestra Formación en Constelaciones e Integración de Trauma, enseñamos desde esta perspectiva. Entendemos la constelación como un recurso experiencial y sistémico. Como un espacio donde observar vínculos, emociones, imágenes, posiciones internas y aspectos de la propia historia que quizás no habían podido ser vistos o puestos en palabras. Un espacio que puede abrir la puerta a una comprensión y movimiento, siempre que se facilite con presencia y respeto por la experiencia de cada persona.
Por eso, no enseñamos a interpretar lo que aparece como una “verdad” revelada. Enseñamos a acompañar sin imponer explicaciones, a sostener procesos sin invalidarlos, a utilizar el lenguaje de forma cuidadosa y a integrar trabajo sistémico desde una mirada actual, ética y sensible al trauma que favorece el reprocesamiento y la integración.
En esta formación no vas a aprender a repetir un lenguaje heredado y a aplicar reglas rígidas en forma de dogma. Desarrollarás una mirada terapéutica amplia, sensible al contexto, a los recursos y a la singularidad de cada historia; capaz de sostener la complejidad de la persona sin reducirla a etiquetas o explicaciones simples.
También aprenderás a acompañar procesos desde la escucha, el respeto por los ritmos propios y la confianza en la capacidad de cada persona para comprenderse, reconstruir recursos y tomar decisiones. Porque acompañar no es dirigir, sino crear las condiciones para que cada persona pueda recuperar agencia, ampliar su comprensión y encontrar recursos, capacidad de acción sobre su vida y formas más libres de relacionarse consigo misma, con su historia y con el mundo.
Imagen de Gerd Altmann en Pixabay
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