El desahucio de Maricarmen

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El desahucio de Maricarmen

Hoy hemos pasado el día con el corazón encogido por el eco de la noticia del desahucio de Maricarmen, una mujer de 87 años que lleva 70 años viviendo en su casa y que, tras la compra del edificio por parte de una corporación, se ha visto enfrentada a unas condiciones de alquiler imposibles de asumir para ella.

Una casa, sobre todo una en la que se lleva 70 años viviendo, no es simplemente un edificio; es una base segura y un entorno relativamente predecible desde el que organizamos nuestra vida, y que además contiene una memoria familiar y relacional de nuestra historia; una red relacional y de co-regulación compuesta de vecinos, caras conocidas, sonidos, ritmos, luces, etc.; y una accesibilidad que, en el caso de nuestros mayores, les permite seguir siendo medianamente autónomos en un barrio que se conoce con sus semáforos, pasos de cebra, comercios, servicios, distancias, etc.

Todo esto crea un vínculo que nos proporciona seguridad. Esa es la razón por la que una nueva solución habitacional, aunque técnicamente pueda ser correcta; no siempre es una solución reparadora. Hay una cuestión de vínculo con el que hasta entonces ha sido el barrio y el hogar, que se rompe y que por supuesto afecta a un nivel profundo a la persona.

Pero, además, si analizamos todo esto desde una mirada sistémica y sensible al trauma, estamos ante una relación de poder profundamente desigual entre una inquilina mayor y una empresa, un mercado y unas administraciones y procedimientos judiciales que, si tenemos en cuenta lo anterior, no acaban de garantizar de manera efectiva el derecho a una vivienda adecuada en este caso.

Maricarmen no es solo una inquilina, es ella y toda su historia vivida en esa casa y la exclusión aparece cuando pasa de ser tratada como una persona (con su historia, a un mero obstáculo contractual, como un expediente, una cifra, una rentabilidad. Y aquí es donde creemos que es importante que nos hagamos una pregunta: ¿Qué está ocurriendo en la sociedad española cuando la vida, la continuidad de la historia y la vulnerabilidad de una persona es excluida y deja de ser tenida en cuenta frente al valor de una operación económica?

Un desahucio puede ser algo legal, pero también es algo desorganizador y que puede ser profundamente traumático para una persona que ve afectada su seguridad, autonomía, arraigo y vínculos.

No es solo Maricarmen

Corremos el riesgo de que el dolor que todo esto genera se acabe convirtiendo en una anécdota además de un dato administrativo y una noticia. Pero el dolor silenciado o convertido en anécdota no desaparece, sino que queda ahí maquillado y soterrado.

La amenaza sostenida de desahucio, de la posibilidad de no poder llegar a pagar el alquiler y no tener un techo donde cobijarse para muchos puede traducirse en estrés, hipervigilancia, impotencia, rabia contenida, sensación de pérdida de control e imprevisibilidad, vergüenza y reactivación de experiencias previas de no tener apoyo, protección, lugar seguro. Y, cuando quienes viven bajo esa amenaza son madres y padres, por mucho que no se hable de ello, el miedo no puede ocultarse del todo. Entra en la casa, se cuela en las conversaciones que se interrumpen cuando los niños aparecen, en las miradas cargas de incertidumbre, en las cuentas que se hacen una otra vez, en las dificultades para dormir y relajarse, en la atención pendiente de una carta, una llamada o una fecha.

Cuando la amenaza es algo sostenido en el tiempo y no existen suficientes apoyos, los hijos e hijas pueden crecer en un clima emocional permeado por el miedo y la incertidumbre. Quizás, por eso un desahucio no afecta solo a quién recibe la notificación, afecta también a los hijos que, sin comprender qué significa un desahucio, acaban registrando que el suelo bajo los pies de su familia ha dejado de ser seguro. Por eso, hablar de vivienda es también hablar de vínculos, identidad, salud mental y de unas condiciones mínimas para que la infancia pueda crecer con confianza.

Imagen de Esra Erdem

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