El amor como forma de estar en el mundo

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El amor como forma de estar en el mundo

Prácticamente todas las semanas recibes en tu email una de nuestras newsletters en las que, además de contarte nuestras actividades, realizamos una labor mayoritariamente divulgativa. Lo mismo sucede en nuestros perfiles de redes sociales donde podrás encontrar, en su mayoría, publicaciones de estas características. Hoy nos gustaría compartir una reflexión y, además, algo muy personal e íntimo que, para nosotras, es el pegamento que lo une todo.

La divulgación, la formación, la terapia y los talleres conforman una parte importante de este proyecto, pero, detrás de todo ello hay una motivación más profunda y aún más importante para nosotras, que es sobre la que se cimienta Hookipa y que responde a una pregunta que nos hacemos recurrentemente.

Esta pregunta no tiene que ver con qué queremos conseguir ni cómo nos gustaría que fueran las cosas. La pregunta que sustenta todo lo que hacemos y compartimos con vosotros es: ¿desde dónde vivimos y actuamos? Se trata de algo que no está tan relacionado con lo que hacemos específicamente en este momento de nuestras vidas, sino con el lugar interno desde el que nos aproximamos a lo que hacemos, a lo que vivimos, a las personas con las que nos encontramos, a nosotras mismas y a la propia vida.

La respuesta que encontramos a esa pregunta es una palabra: AMOR. El amor como una manera de estar en el mundo, de ver a las personas, de escuchar, de acompañar desde el deseo de comprender y acoger al otro con aceptación plena y sin ningún tipo de juicio.

Esta mirada va más allá de lo profesional. Empieza por nosotras mismas y por nuestro entorno cercano, y permea cada acción, cada encuentro, cada contenido, cada taller, formación o retiro. Cada encuentro terapéutico.

Es fácil habitar la frecuencia del amor cuando estamos con alguien a quién queremos, cuando nos sentimos comprendidos o cuando la vida transcurre tal y como esperábamos. El reto aparece cuando las cosas se complican, cuando nos encontramos con algo del otro que nos cuesta aceptar, cuando la vida nos trae aquello que no habríamos elegido, cuando alguien nos hace daño o nos incomoda, o cuando descubrimos en nosotras mismas algo que preferiríamos no ver.

Si el amor es el motor, la disposición, aun sabiendo que no siempre es fácil, es la de acercarnos a ello sin juicio, desde la aceptación y la voluntad de comprender. También implica reconocer y validar lo que sentimos, incluso cuando nuestras emociones nos resultan incómodas o nos cuesta aceptarlas. Cuando hablamos de los demás, esto significa acercarnos a la persona sin dividirla entre aquellas partes suyas que merecen ser recibidas y amadas y aquello que debería esconder u ocultar para no ser rechazado por nosotros.

Tampoco podemos ser ajenas al contexto que estamos viviendo. La polarización política favorece la deshumanización y nos lleva, con frecuencia, a identificar a las personas con una sola idea, una etiqueta o una parte de su identidad: zurdo, diestro, español, inmigrante, perroflauta, rojo, facha, rico, pobre… Dejamos de ver a la persona en su conjunto y nos quedamos con una categoría que parece explicarlo todo sobre ella. Sin embargo, detrás de cada etiqueta hay una persona que, como tú, ama, sufre, llora, tiene miedo y es vulnerable. Una persona con una historia propia, con vínculos, deseos, contradicciones y experiencias que desconocemos. Una persona que es mucho más que aquello que vemos, que pensamos de ella o con lo que no estamos de acuerdo.

Cuando reducimos a alguien a una sola parte de quien es, dejamos de reconocer su complejidad y su humanidad. Y es precisamente ahí donde se hace más difícil acercarnos al otro desde el amor: cuando dejamos de verlo como una persona y empezamos a verlo únicamente como aquello que representa para nosotros en primera instancia.

Esta misma dinámica puede extrapolarse al mundo de las ideas. Cuando nos identificamos con unas ideas e identificamos a los demás con las contrarias, corremos el riesgo de dejar de ver a la persona y empezar a verla únicamente como parte del grupo ideológico al que creemos que pertenece. La afinidad hacia quienes piensan como nosotros puede ir acompañada del rechazo hacia quienes situamos en el otro lado, hasta el punto de que su pertenencia política o ideológica condicione lo que sentimos hacia ellos. La investigación denomina a este fenómeno «polarización afectiva».

Puede que, en este contexto, la palabra amor parezca fuera de lugar. Que, frente a conflictos reales, injusticias y diferencias profundas, suene un poco ingenua o naif. Pero no estamos hablando de evitar conversaciones incómodas, renunciar a nuestras convicciones o pretender que todos nos llevemos bien. Hablamos de no condicionar el reconocimiento de la dignidad del otro en función de cuánto se parece a nosotros o a cuánto se aleja de nuestra manera de pensar.

Es sano discrepar, oponerse a ciertas ideas, denunciar aquello que nos parece injusto y exigir responsabilidades. También lo es tomar distancia, poner límites y protegernos cuando ciertas ideas o comportamientos nos hacen daño. Nuestra invitación es a hacerlo sin reducir a la otra persona a aquello que rechazamos, sin terminar reproduciendo, en nombre de una causa en la que creemos, esa misma negación de la humanidad que quizás estamos intentando combatir. Y lo hacemos extensible a cualquier tipo de discrepancia, ya sea política, laboral, familiar, de pareja o de amistad. No se trata de huir del conflicto ni de situarnos al margen de él, sino de participar en él con la responsabilidad de poner consciencia en cómo lo hacemos: qué decimos, cómo tratamos a quienes piensan distinto, qué hacemos con nuestro enfado, si juzgamos, nos cerramos o dejamos de escuchar.

Cuando hablamos de esto, no podemos evitar pensar también en el ámbito terapéutico. Cuando acompañamos a alguien en una sesión o en un taller, nuestra intención no es acoger únicamente las partes de esa persona que consideramos «luminosas» o «bonitas», aquellas con las resulta fácil conectar. Queremos hacer sitio también a las que se esconden, se defienden, desconfían o sienten rabia, odio, vergüenza, e incluso a aquellas que nos cuesta escuchar.

Esto no significa que consideremos aceptable cualquier conducta, sino que no queremos excluir de antemano ninguna parte de la persona de nuestra disposición a comprenderla. Todos necesitamos sentirnos vistos y validados, y eso implica poder mostrar también aquello que nos cuesta reconocer o compartir, sin sentir que debemos esconderlo para ser aceptados. Esta disposición nos exige distinguir entre validar un dolor o una idea y justificar lo que hacemos con ello. También nos exige cuidar tanto a quien habla como a quienes comparten espacio y vida con esa persona. Los límites nos permiten protegernos y cuidar la relación, estableciendo hasta dónde podemos estar en ella sin hacernos daño.

Para nosotras, esta intención no termina cuando finaliza un taller o una sesión, ni después de enviar este email, sino que nos devuelve a las conversaciones de nuestro día a día, a cómo respondemos ante una noticia o un vídeo de Instagram, a qué compartimos cuando estamos indignadas y a qué sufrimientos prestamos atención y cuáles dejamos de lado.

El amor es lo que nos orienta a la hora de decidir cómo queremos participar en la vida, en nuestras relaciones y en el mundo. No se trata de retirarnos de un mundo conflictivo, sino de implicarnos en él sin renunciar al cuidado; de llevar el amor también a esos espacios y de resistirnos a que el dolor, el miedo o la indignación conviertan el desprecio y el rechazo en nuestra forma habitual de relacionarnos. Sabemos que no siempre lo conseguimos, pero no queremos que esa dificultad nos haga dejar de intentarlo ni perder de vista aquello que queremos que nos guíe.

Imagen de Tracy Lundgren en Pixabay

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