La dificultad para sostener el dolor de otros

terapia trauma relacional
La dificultad para sostener el dolor de otros

Hay personas que cuando ven a alguien llorar la consuelan con un "venga, ya está, ya pasó", otras que le sueltan un "no llores", algunas que recurren al humor a algún chascarrillo para distraerlas del llanto, otras tantas que le piden que vean el lado bueno de lo que está sucediendo; y, por último, hay otras que se quedan con esa persona, acompañándolas, sosteniendo su dolor y haciéndole sentir implícitamente que, aunque esté mal, aunque llore y esté triste, no está sola con ese dolor. 

En los primeros ejemplos, estamos ante una dificultad para sostener y acompañar el dolor de la persona que sufre; en el último de ellos, somos capaces de sostener el dolor, de permanecer presentes, disponibles y regulados mientras el otro atraviesa su dolor sin que le pongamos presión externa, sin pedirle que deje de sentir, que cambie o que sea de una manera diferente para que nosotros estemos mejor, más tranquilos o cómodos. Sostener no es resolver, no es dar consejos para que el otro deje de llorar, tampoco es distraerlo ni ocuparlo; es simplemente acompañar desde la presencia y la regulación, confiando en la otra persona, en sus recursos y en su propio proceso. 

La dificultad para sostener el dolor viene de antiguo, del clima familiar en el que crecimos. En cada familia, implícita o explícitamente, se define qué se puede o qué no se puede sentir o mostrar. Hay familias en las que la tristeza y el llanto no tienen cabida, otras en las que no se puede expresar la rabia, el miedo, la vulnerabilidad o incluso la alegría. Para poder crecer en ese entorno, sostener el vínculo y garantizar nuestra pertenencia nos adaptamos: minimizamos ciertas emociones, nos convertimos en "los fuertes", nos disociamos, utilizamos el humor o adoptamos cualquier otro tipo de estrategia que nos permita sobrevivir y crecer en ese entorno familiar. 

Y cuando de pequeños nuestro dolor no tuvo cabida, no pudo ser sostenido ni acompañado, es muy posible que estemos hablando de trauma relacional. Peter Levine dice que el trauma es lo que ocurre cuando nos quedamos atrapados en el dolor en ausencia de un testigo empático. Cuando nuestro propio dolor no fue acompañado en la infancia, sino que fue minimizado, ignorado, invalidado, negado, ridiculizado, castigado o simplemente no hubo espacio para él, se instala en nosotros un miedo profundo a revivir esa soledad que sentimos en su día, cuando alguien se rompe delante de nosotros. 

Ante ese miedo inconsciente, en vez de permanecer regulados ante la persona que sufre nos desregulamos y activamos nuestras propias estrategias protectoras: minimizar, racionalizar, solucionar, aconsejar, mirar para otro lado, distraer, disociarnos, usar al otro para calmarnos haciéndole, implícitamente, responsable de nuestra propia regulación, etc.

No todos pueden sostener por igual

Desde el punto de vista sistémico, hay que tener en cuenta que en esto de sostener y acompañar el dolor no todos pueden sostener por igual.

No es lo mismo una relación horizontal de amistad o de pareja, que una relación asimétrica como pueden ser las relaciones padres-hijos o incluso la relación terapeuta-cliente. Cuando estamos ante una relación asimétrica y el hijo tiene que sostener el dolor de uno de los progenitores (o de ambos), podemos encontrarnos ante un desorden sistémico que lleva asociado un trasvaso de responsabilidades que, en función de la edad de la edad del hijo puede sobrepasar sus recursos y capacidades convirtiéndose en algo traumático. Esto es lo que ocurre cuando, desde pequeños, adoptamos roles como el de "cuidador/a", apoyo emocional o amigo de alguno de los padres, etc.

Algo parecido puede suceder en el ámbito del proceso terapéutico. Clientes/pacientes que cuidan o protegen al terapeuta minimizando su dolor o pasándolo de puntillas sin dar la oportunidad de ser realmente acompañado. O, por el contrario, terapeutas a quienes les resulta difícil sostener la emocionalidad de su cliente y entran a racionalizar, querer arreglar, preguntar o proponer ejercicios sin pausa o consolar rápidamente. 

Para aprender a sostener el dolor de otros primero tenemos que aprender a sostener el nuestro propio y acompañar nuestra partes heridas que se quedaron solas con el dolor, y tenemos que hacerlo con alguien que sí pueda sostenernos con presencia y seguridad. Estoy hablando de un terapeuta, de grupos terapéuticos, de vínculos seguros donde sí puedas hacerlo. También podemos trabajar en nuestra regulación emocional para ampliar nuestra ventana de tolerancia.

Aprender a sostener y acompañar el dolor de otros es algo que creo que deberíamos hacer todos llevándolo al ámbito familiar, relacional, de la escuela, sanitario, terapéutico. Que entre todos podamos crear más experiencias de co-regulación, escucha y presencia, algo que seguramente nos hizo falta muchas veces y que hoy en día podemos empezar a ofrecer espacialmente a los más pequeños y necesitados como una forma de aprender a no dejar solo al niño que fuimos.

Imagen de AndPan614 en Pixabay

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