Cómo se construye el personaje desde el que "actuamos"
No nacemos siendo "la fuerte", "el responsable", "la niña buena", "la que cuida de todos" ni ningún otro personaje. Tampoco lo hacemos como un yo fijo determinado con un destino específico, sino que llegamos a este mundo con una cierta base biológica y temperamental propia, y con un enorme potencial de formas de ser, sentir y vincularnos que, a medida que se va adaptando al entorno familiar y relacional en el que crece, se defiende y se organiza en un yo adaptado.
Cuando llegamos a este mundo, la pertenencia se convierte en una necesidad fundamental que lo organiza absolutamente todo. Un bebé no puede siquiera sostener su cabeza sobre los hombros, no puede alimentarse por sí mismo, no puede calmarse solo: necesita de alguien a su lado que le ayude. En ese contexto, la pertenencia es una condición fundamental para nuestra supervivencia como bebés.
A nivel biológico, en nuestros primeros años de vida, nuestro sistema nervioso está organizado para priorizar la conexión con el otro por encima de cualquier cosa. Nuestro cerebro está a medio "hacer" y experimentamos las sensaciones y emociones en grado superlativo. Así, por ejemplo, la soledad, el abandono o la ruptura del vínculo (aunque sea temporal), las vivimos como amenazas extremas. El vínculo no es un "plus" en esa etapa de nuestra vida, sino que es una cuestión de pura supervivencia.
A nivel psíquico, cuando somos bebés o niños ajustamos nuestro comportamiento a las respuestas de nuestro cuidador principal (habitualmente nuestra madre, con la que hemos tenido un vínculo biológico y emocional durante nuestra gestación). No se trata de un ajuste consciente y racional, sino que se trata de un aprendizaje profundo de nuestro sistema nervioso en el que vamos llegando a conclusiones a través de nuestro cuerpo: "esto acerca al otro", "esto lo aleja", "si hago esto me miran", "si hago esto otro me dejan de querer o me castigan", etc. Nos preguntamos (en el cuerpo) qué forma de estar o de ser favorece que el otro siga ahí en relación con nosotros, que nos cuide o que nos mire; y sobre esa lógica implícita y vivida en el cuerpo, empezamos a construir ese "personaje".
Toda esta evaluación y conclusiones se construyen a través de lo que vamos viviendo en casa y del clima que se respira a partir de los tonos de voz, los gestos, los silencios, las miradas, los ritmos, etc. Nuestro cuerpo comienza a hacer esas asociaciones y va experimentando cómo ciertas conductas o maneras de ser se ven recompensadas con más o menos cercanía, tensión, indiferencia o rechazo. Así por ejemplo:
- Si cuando lloro nadie viene, se enfadan, o me dicen "no llores; nuestro cuerpo puede aprender a tragarse el llanto.
- Si cuando sonrío o hago chistes, el ambiente se relaja; utilizamos frecuentemente este recurso y ocupamos un rol de "bufón".
- Si cuando me muestro responsable y fuerte, mis padres están mejor; me acabo convirtiéndome en la "niña buena" y refuerzo continuamente esa postura.
- Si cuando me quejo o necesito algo, el otro se activa muchísimo; aprendo que es más seguro no necesitar.
La construcción de nuestro yo adaptado
A medida que todas estas asociaciones se van consolidando a base de repeticiones, empezamos a replegar aquello que no nos trae una seguridad física o relacional. Comenzamos a excluir partes de nosotros auténticas: nuestra parte sensible, nuestro enfado, nuestra tristeza, etc. Vamos sacrificando partes de nuestra esencia para no poner en riesgo el vínculo con las personas de las cuales depende nuestra supervivencia. Y es aquí donde comienza esa ruptura interna en la que acabamos mostrando ciertas partes y reprimiendo otras que se quedan en la sombra cargando con el dolor, la necesidad, la rabia, la vergüenza o la indiferencia. Construimos nuestro yo adaptado.
Sobre esta base, nuestro sistema familiar también juega un papel importante a nivel de función. No solo va a responder a lo que hacemos, sino que va a asignar y reforzar roles que ayudan a que el propio sistema sostenga sus propios desequilibrios. Por ejemplo, en un sistema familiar con figuras adultas desbordadas, ausentes o emocionalmente inmaduras, es frecuente que alguno de los hijos ejerza de “cuidador” o “salvador”, sosteniendo emocionalmente a sus mayores. O en un sistema familiar con continuos conflictos entre los mayores (los padres), uno de los hijos puede desempeñar el rol de “mediador”. E incluso, por poner un ejemplo más, un clima familiar con una carga importante de tensión puede llevar a que un niño ocupe un lugar del “niño invisible” que se retira y pasa desapercibido para no añadir más carga a un sistema ya de por sí saturado.
Estos roles cumplen funciones necesarias para el sistema, y los asumimos no por decisión propia y deliberada, sino porque es la manera que encontramos de pertenecer y reducir el nivel de “amenaza” en el campo familiar.
La consolidación del "personaje"
Con el tiempo, este modo de funcionar deja de vivirse como algo que "hacemos" y pasa a vivirse como algo que "somos": la fuerte, el que nunca molesta, el rebelde, el que siempre está, etc. Cristaliza en un "personaje" (yo adaptado), y entonces ya no es solo un rol que aparece en el contexto de una relación, sino que se trata de un organizador central de nuestra propia identidad y experiencia en la vida.
Más adelante, y a medida que pasa el tiempo, la vida, las relaciones o nuestro propio cuerpo empiezan a darnos señales de alarma y a mostrarnos que ese "personaje" ya no basta. Quizás aparezca el burnout, las crisis de pareja, los problemas de salud, explosiones de rabia, depresión, ansiedad... Es ahí donde se abre la posibilidad de mirar el personaje como tal: no como un yo o una forma de ser definitiva y consolidada, sino como algo que tuvo una función específica en su día y que ahora necesita revisarse. Esta revisión no es algo a llevar a cabo únicamente desde el aspecto más racional o intelectual, sino que es algo a considerar sobre todo desde lo somático.
Desde el punto de vista terapéutico, y sobre todo desde nuestra mirada y nuestra forma de trabajar (y también de formar), no buscamos "destruir" ese personaje, sino ponerlo en contexto y entender cómo se construyó al servicio de la pertenencia y la supervivencia para, posteriormente, abrir espacio para que no sea la única forma posible de estar en el mundo, de habitarse, de estar en relación.
Cuando podemos empezar a relacionarnos con ese "personaje" a través de una mirada más compasiva, respetuosa, amorosa y de menor "fusión" con él, podemos empezar a integrar; y nuestro cuerpo puede empezar a entender somáticamente que ese personaje le salvó pero que hoy ya no necesita vivir solo desde ahí, sino que también puede hacerlo habitando otras partes que quizás han sido excluidas pero que son auténticas, nos pertenecen y enriquecen.
Todo esto, no solo se hace visible en el cuerpo, sino también en el lugar que empezamos a ocupar en nuestro sistema familiar y relacional.
En nuestras sesiones y en nuestros talleres te acompañamos y ofrecemos un espacio seguro para que, en tu proceso, puedas comprender cómo se ha construido su yo adaptado al servicio de la pertenencia y la supervivencia, para que puedas honrar la función que tuvo en su historia y en su sistema familiar, así puedas empezar a ensayar otras maneras de estar en relación contigo misma y con los demás.
Suscríbete a nuestra newsletter
Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional
No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.