Comprender y acompañar un dolor sin palabras: el trauma perinatal

trauma perinatal
Comprender y acompañar un dolor sin palabras: el trauma perinatal

Hay una cierta tendencia a pensar que tanto el embarazo como el nacimiento de un niño es algo luminoso y feliz, pero para muchas personas esta etapa está rodeada de miedo, soledad, intervenciones médicas, dolor, separaciones tempranas. No hablo, en este caso, de la experiencia de la madre o el padre, sino sobre todo de la experiencia de un bebé que llega al mundo siendo una criatura extremadamente frágil, vulnerable y dependiente de otros.

En el contexto de inevitable vulnerabilidad que supone la llegada a este mundo de un bebé, no podemos dejar de hablar del trauma perinatal: el trauma originado en la etapa que tiene lugar alrededor de nuestro nacimiento, es decir, durante el embarazo, el parto y los primeros meses de vida. Si recordamos que el trauma no es solo algo muy malo que pasó, sino sobre todo la huella que deja en nuestro cuerpo y en nuestra psique una experiencia que nos supera, resulta mucho más fácil comprender por qué la etapa perinatal es una etapa potencialmente traumática.

No es solo la experiencia en sí lo que determina si algo deja una huella traumática, sino también la disponibilidad de recursos y mecanismos que tenemos en el momento de vivirla para poder afrontarla. En el caso de un bebé, esos recursos son mínimos: su cerebro y su sistema nervioso son todavía profundamente inmaduros, depende por completo de los adultos para regularse y sentirse seguro, y es extremadamente sensible tanto a las experiencias de estrés y desconexión como a las de alivio, contacto y sintonía. Si en ese periodo vivimos situaciones muy intensas (y no son reparadas), la huella traumática puede quedar inscrita en nosotros con enorme facilitad. Con el añadido de que no queda inscrita en forma de recuerdos narrativos, como sucede más tarde en la infancia o en la vida adulta. Queda inscrita en nuestra memoria implícita y corporal, en un sistema nervioso atascado en algún modo de supervivencia y en forma de patrones de apego inseguros o desorganizados, dificultades para confiar en otros, etc.

Esta es una de las claves más importantes para entender el trauma perinatal. Muchas veces sigue vivo en la edad adulta sin que la persona sepa concretamente de dónde viene todo eso que está sintiendo en su cuerpo. No hay imágenes claras, no hay palabras, no hay un relato consciente que nos permita decir “esto pasó y hoy me siento así”; sin embargo, la huella de todo eso puede seguir presente en forma de hipervigilancia, miedo al abandono, dificultad para confiar, sensación de amenaza, problemas para regular nuestras emociones, sensación de desamparo, dependencia, etc.

El parto ya constituye una experiencia absolutamente abrumadora para el bebé. Hasta ese momento ha pasado su vida en el útero materno: un entorno seguro, a una temperatura constante, donde los sonidos están amortiguados, la luz también, estás “enchufada” a la comida y tus necesidades básicas son satisfechas automáticamente. De pronto, llegas a este mundo a través de un canal estrecho donde hay alguien al otro lado que tira de ti; sales a un nuevo medio que ya no es líquido, es aéreo y tienes que aprender a respirar por ti mismo. Si todo va bien, se trata de una transición intensa, pero cuando hay prisa, maniobras invasivas, separación de la madre, dolor o desregulación en el entorno, la experiencia puede resultar todavía mucho más impactante para el sistema nervioso inmaduro de un recién nacido.

Para un bebé, además, tener hambre y que no llegue su comida a tiempo supone mucho más que una molestia, su cuerpo lo vive como una amenaza a la supervivencia y su sistema entra en alarma: está asustado, agotado y con el sistema nervioso saturado de estrés. Su hambre ya no se sacia por defecto, sino que su alimento, su bebida y sus cuidados dependen de que haya una persona a su lado capaz de sintonizar con su necesidad y se la proporcione.

Por eso, en la etapa perinatal, la pregunta no es solo “qué ocurrió”, sino cómo fue vivido por ese bebé y qué pasó después con esa experiencia. ¿Hubo brazos que sostuvieran? ¿Hubo contacto, mirada, calor, alimento, regulación? ¿Hubo alguien que ayudara a su organismo a salir del estado de alarma? Porque ya hemos podido ver que el trauma no depende solo del impacto inicial, sino también de la posibilidad de reparación; y cuando esa reparación falla o no llega, el cuerpo aprende algo muy profundo: que el mundo puede no ser un lugar seguro, que la necesidad puede no encontrar respuesta, que no puede confiar en los otros, que no es importante (el bebé) y que la supervivencia exige estar siempre preparado.

Entender todo esto implica reconocer hasta qué punto somos seres vulnerables, cuánto nos marcan ese tipo de experiencias y lo importante que es la presencia, la sintonía y el cuidado en esos momentos. También significa comprender que muchas dificultades emocionales y relacionales que vivimos en la vida a adulta no nacen solo de lo que recordamos, sino que también pueden tener su origen en lo que nuestro cuerpo aprendió antes de que pudiéramos ponerlo en palabras.

Como hemos podido ver, cuando el trauma nace tan temprano, muchas veces no hay un recuerdo concreto al que volver, sino más bien sensaciones, vacíos, emociones sin nombre y patrones relacionales que se repiten. En este contexto, desde el punto de vista terapéutico, tiene sentido trabajar con métodos que no se apoyan únicamente en la palabra o en la memoria explícita, sino que nos permiten ir más allá desplegando la experiencia de una manera más somática, amplia y profunda. Las constelaciones con integración de trauma ofrecen precisamente un espacio así: un campo fenomenológico y somático donde podemos trabajar con ello dando forma externa a vivencias internas. Para muchas personas esto les permite, por primera vez, reconocer, sentir y empezar a integrar algo que llevaba décadas actuando desde el inconsciente, desde su memoria implícita.

Desde esta comprensión, en nuestros talleres de constelaciones e integración de trauma y procesos de terapia, abrimos un espacio para ello; y en nuestra formación ofrecemos un marco teórico y vivencial para poder integrar esta mirada en la práctica.

Para nosotras es una forma de honrar nuestra propia vulnerabilidad, reconocer las huellas que pudo dejar y ofrecer caminos concretos para transformar, poco a poco, esas memorias de amenaza en experiencias internas de un mayor sostén, conexión con nuestros propios recursos, enraizamiento y confianza.

Suscríbete a nuestra newsletter

Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional

No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.